Como miembro de la comisión fúnebre, Nikita Kruschev sepultó a Stalin en marzo de 1953. Tres años más tarde, lo enterró políticamente en el vigésimo congreso del PCUS. Nadie suponía entonces que un hijo de campesinos con escasa formación iba a dar la puntilla a Stalin. Era sencillo y con ideas muy elementales. En ocasiones, hosco y ordinario, pero muy astuto. Pronto logró engañar a sus adversarios y conquistar el liderazgo. Su ingenuidad y voluntarismo lo llevaron al final a un callejón sin salida. Sus detractores lo acusaron de ser ignorante e impulsivo. Su intento fallido de instalar en secreto misiles en Cuba apuntando a EE.UU. le hizo perder muchos apoyos. Tras un decenio de caóticas reformas, Kruschev fue destituido en 1964. Se acabó el deshielo y llegó el estancamiento con Breznev a la cabeza. La desestalinización se congeló, pero el ansia de libertad germinó en un muchos ciudadanos. Olvidado y denostado, Kruschev murió en 1971. Fue el único dirigente soviético que no tuvo el honor de ser enterrado en la muralla del Kremlin.