Nicolas Sarkozy quiere todo el poder para el presidente de la República. No para el actual sino para el sustituto de Jacques Chirac tras las elecciones de 2007. Sobrepasando su doble función de ministro del Interior y presidente del partido gobernante (UMP), Sarkozy se presentó ayer ante la prensa como un auténtico candidato. En la tradicional felicitación de año nuevo, el número dos del actual Gobierno propuso una amplia reforma constitucional que reduciría el papel del primer ministro a un mero «coordinador» para dejar en manos del «presidente-líder» la política «cotidiana» del país. Esto le llevaría también a rendir cuentas ante el Parlamento, algo ahora mismo vetado. Y como «la energía empleada en durar no se emplea en hacer», Sarkozy pretende que el número de mandatos del jefe de Estado se limite a dos. Parar la ampliación Colocándose ya mentalmente en el cargo, instó a la Unión Europea a fijar unas «fronteras estables» y no admitir nuevos miembros hasta que haya culminado la reforma de las instituciones, en una clara alusión a las pretensiones de Turquía, que siempre ha rechazado con vehemencia. En cuanto a la Constitución que rechazaron sus compatriotas, la quiere «más corta», tomando como base «la primera parte del tratado». En el fondo, su idea es que «los pequeños países no deben impedir a los otros la toma de iniciativas». Ya en su papel de titular de Interior no quiso asumir responsabilidad alguna en la ola de disturbios del pasado noviembre. A pesar de los 110.206 casos de violencia urbana con 45.588 coches incendiados, Sarkozy se felicitó de las estadísticas anuales de la delincuencia, con una reducción global del 1,3%. En sus datos, también las 20.000 expulsiones de extranjeros ilegales que «el primer policía de Francia» quiere aumentar a 25.000 durante este año. La nueva ley de inmigración se confirma para febrero. Los socialistas denuncian la «derivación autoritaria» en las propuestas del pre candidato y su «presidencialismo extremo», mientras los comunistas le acusa de «cazar en territorio de la extrema derecha». No lejos de la sala donde Sarkozy se presentó ante 600 periodistas, la policía retuvo a una quincena de payasos que repartían un libro sobre su vida y gritaban «sí a la inseguridad». De lo único que no quiso hablar ayer el ministro fue de su reconciliación con su esposa Cecilia.