Cuando la antigua Yugoslavia se desmembró quedó al descubierto una realidad pluricultural, multiétnica y religiosamente diversa, que hicieron más interpretables los sucesivos conflictos armados de los Balcanes. Si tuviéramos que buscar un referente balcánico en América Latina, ese lugar lo ocupa sin duda Bolivia, donde hasta hoy han convivido más o menos pacíficamente una amplia variedad de idiosincrasias. El 62% de los bolivianos son indígenas, a pesar de que siempre han estado gobernados por la minoría blanca. En Bolivia existen 40 etnias y se hablan más de 20 lenguas y dialectos diferenciados, aunque los grupos mayoritarios son el quechua y el aymara, al que pertenece Evo Morales. Según datos del Banco Mundial, el 65% de la población vive en la pobreza, que se distribuye bajo marcados acentos clasistas. Son pobres casi las tres cuartas partes de los indígenas y algo más de la mitad de la población blanca o mestiza. No obstante, en las zonas campesinas la miseria supera el 80%. Todo esto, a pesar de que en las últimas décadas se descubrieron en el país importantes yacimientos de gas natural, que hoy concentran las segundas mayores reservas de Sudamérica. Sin embargo, el ingreso por habitante es el mismo que hace 30 años. Morales no agrupa a todo el fragmentado movimiento indígena. Su defensa de la legalización de la hoja de coca es una de las principales reivindicaciones de los campesinos, la mayoría indios, que subsisten mediante su cultivo. La inaccesible geografía altiplánica y amazónica, unida al hecho de no contar con una salida al mar, que Bolivia perdió ante Chile en la guerra del Pacífico, contribuye a fomentar la división en el país. Se suma a esto la división desarrollista entre un occidente pobre y el oriente de la provincia de Santa Cruz, que concentra la mayoría de recursos naturales y tiene aspiraciones secesionistas.