El presidente de turno de la UE antepone el debate sobre qué dirección seguir a la discusión de los Presupuestos para el período 2007-2013
26 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.No ha sido poco el estupor causado por Tony Blair entre sus pares europeos al convocar una tormenta de ideas sin papeles sobre la globalización, cuando la UE tiene asuntos en apariencia más perentorios que abordar como, por ejemplo, qué hacer con la Constitución o los Presupuestos para el período 2007-2013. ¿Es una muestra más de extravagancia británica, igual que conducir por la izquierda? ¿Se trata, simplemente, de falta de ideas? Es conveniente dar un salto en el calendario al mes de junio, que es cuando Blair se apresta a tomar las riendas de la presidencia de turno, para entender que su móvil no es de tipo académico. Entonces, dos acontecimientos no programados hacen añicos su disposición inicial a dar un contenido discreto a su mandato para no dañar su agenda doméstica: los noes abrumadores de Francia y Holanda a la Constitución y el fracaso de la última cumbre de Bruselas. Hoy nadie discute que estos acontecimientos sumieron al selecto club comunitario en la mayor crisis de sus 50 años de historia, con dudas crecientes sobre su viabilidad y sin hoja de ruta clara que indique por dónde ir y cómo hacerlo. También es evidente que rompieron los esquemas de Blair. Comprendió que estaba metido de hoz y coz en el centro de la galerna y que el único destino de la presidencia aséptica que había diseñado era la papelera. Es recomendable la lectura del discurso que pronunció en el Parlamento comunitario (www.number-10.gov.uk) para constatar los riesgos que asumió y por qué suscitaron tanto entusiasmo. No hay en él una concesión al escepticismo, ni una palabra a la defensiva, nada de desesperanza. Por el contrario, la filosofía es que toda crisis constituye una oportunidad. Los problemas que hoy atenazan a Europa son parte de las soluciones de futuro. Blair hizo primero el diagnóstico: Los ciudadanos van por delante de los políticos. Le están formulando a sus dirigentes «preguntas de gran complejidad» porque ven cómo el mundo cambia a su alrededor y les inquieta la globalización, les preocupa la seguridad laboral, temen perder las pensiones, sienten peligrar su bienestar. Pero llegan a la conclusión de que las respuestas que se les dan desde la cumbre no sirven para mejorar su vida y por eso votan no. Programa de reformas La solución, a su juicio, no es «encerrarse con la esperanza de poder esquivar la globalización». Por el contrario, hay que «despertar», «cambiar», emprender un amplio programa de reformas económicas y sociales, «modernizar» las políticas de la UE en consonancia con aquélla: «Aunar de nuevo los ideales europeos en los que creemos con el mundo moderno en que vivimos». ¿De qué modo? Con el informe Kok, que pone el énfasis en la investigación, la innovación, la educación superior y la regeneración urbana; con la directiva Bolkestein que liberaliza los servicios en el mercado interior; haciendo caso al informe Sapir, que promueve la reducción de los fondos agrarios; dando nuevo impulso a la Agenda de Lisboa, que pretendía una Europa con pleno empleo, incardinada en la sociedad de la información. Los presupuestos, subrayó Blair, no pueden aislarse de este debate. Son parte de la respuesta a la crisis. O se destinan a las reformas y apuntan en la misma dirección que ellas o se estará malogrando la ocasión. Europa perderá competitividad, la globalización no la respetará y sólo es cuestión de tiempo que países como China o la India le pasen por delante, una vez que ya lo han hecho Estados Unidos y Japón. Blair se adelantó a las críticas que, intuía, podría plantear un discurso como éste, tan típico de la Tercera Vía. Él era un europeísta convencido, nunca aceptaría una Europa que se limitara a ser un mercado económico, estaba con el «modelo social europeo», no aceptaba la «visión caricaturizada», según la cual está «preso de una filosofía de mercado anglosajona extremista, que pisotea a los pobres y desfavorecidos». Es más: fue convincente. No podía resignarse a una Europa con 20 millones de parados, con índices de productividad por debajo de los estadounidenses, con menos titulados en disciplinas científicas que la India, que sólo tiene dos universidades entre las 20 mejores del mundo y que, sea cual sea el índice que se use, no sólo no avanza, sino que retrocede. Pero no podía contar con los atentados de Londres, que distrajeron su atención hacia las cuestiones de seguridad en su país y le robaron el tiempo que necesitaba para construir consensos en el Continente. Si confiaba en que, por sí mismo, el atractivo de su discurso iba a desactivar los recelos proteccionistas de París y desactivar su gaullismo rampante, no acertó. Con ver a Dominique de Villepin, se sabe que Chirac leyó el no como una invitación al inmovilismo. Además, el coro de pequeños, y no tan pequeños, países recientemente adheridos están tan necesitados de las inyecciones comunitarias que sienten angustia ante cualquier estrategia que difiera el arrojar luz sobre ellas. Por último, son varios los Estados, o mejor dicho, los partidos que los gobiernan, que se juegan mucho a corto plazo, para los cuales la globalización puede esperar, pero no así la presentación a sus electorados de sus resultados como negociadores. Conjugado todo ello, ha devaluado la cumbre de Hampton Court y coloca espesas brumas sobre los grandes propósitos reformistas de Blair. Si fracasa, el suyo será tan sólo un plan más, aparentemente bien concebido, sacrificado a mayor gloria de Europa. En cambio, no se le podrá reprochar no haber elegido bien el lugar. Hampton Court está unido al divorcio entre el Continente y la Isla por la figura de su primer propietario, el cardenal Wolsey, caído en desgracia ante Enrique VIII por no haber sabido convencer al Papa de que le convenía ir de la mano con los ingleses.