Los emigrantes gallegos siguen con poco interés las elecciones alemanas, ya que no pueden votar, pero muchos de ellos sufren el paro que preocupa también a los teutones
15 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Si algo tienen en común los gallegos que han dejado el terruño es la morriña, y un apego visceral a las tradiciones. Al menos la generación de emigrantes que abandonó Galicia en la década de los sesenta, en busca del pan para la familia, o de algo mucho más banal, como hacer realidad el sueño del Mercedes. Ramiro Vieito, que ya lleva 32 años en Núremberg, reconoce que le picó aquello de que su amigo en Alemania tuviera «un cochazo» y él «sólo un 600». Ahora, el destino le ha pagado con la misma moneda porque sus dos hijos han vuelto a sus raíces. «Son los jóvenes de la segunda generación los que vuelven estos días», musita este hombre que intenta levantar una segunda Galicia en Alemania. Al frente de la Federación de Centros Gallegos, es la mejor fuente de información existente sobre los 86.000 gallegos, que representan nada menos que el 60% de la población española en suelo teutón. También es de los pocos que parece interesarse por el probable cambio de Gobierno que se avecina en Berlín este domingo. «Votaría en blanco» Aunque si pudiera votar, «votaría en blanco», explica indignado. «(Helmut) Kohl dejó el país hecho un asco, pero (Gerhard) Schröder tampoco ha hecho nada». Y echa la culpa de todo a los Verdes, que «han condicionado toda la legislatura como socio minoritario del Gobierno». Loli López, de 44 años, una mujer que abandonó A Coruña por amor, para llegar a un Berlín «con las limitaciones del Muro», ve todo con más distanciamiento. «El país está ahora más abierto, pero también más revuelto», dice con gran serenidad. Aunque sufre en sus propias carnes la lacra del paro, admite también que vive «igual que hace quince años, ni mejor ni peor». El Estado le ha sufragado una formación laboral, que terminó el año pasado, «pero a mi edad es difícil que te contraten». Tino, que llegó a Alemania con un permiso de sus padres hace 30 años, le lanzó a Loli la flecha de Cupido durante uno de los veraneos en la patria. «Pensamos todos los años en retornar, pero aún no hay nada decidido, aunque cada año que pasa más morriña me entra», explica Loli. Su amiga María Álvarez, madre virtual de la mitad de los hispanoparlantes que pasan por la misión española en Berlín, le ayuda a superar, y a veces a alimentar, esa morriña. Juntas bailan muiñeiras, organizan cursos de gallego y se cuentan las penas. A punto de cumplir 53 años, María es una mujer de grandes ojos verdes y corazón enorme, a la que se le escapa también el «filliña» hablando con esta periodista. En su caso, fue un alemán, Jürgen, quien logró que hiciera las maletas desde su Vilagarcía natal. Después de unas vacaciones en España, en las que tuvieron que valerse de una traductora, todo esfuerzo fue poco para Jürgen. La relación epistolar y telefónica antes de casarse, fue posible gracias a las clases de español de este alemán que acabó dominando el gallego, «que es lo que se habla en casa». María se llevó a sus dos hijos, fruto de su primer matrimonio, hasta Berlín. Ahora piensa muchas veces en volver, «pero ya llevo más tiempo aquí que en España», explica. El nieto Además está Sydney, ese nietecito de apenas año y medio, al que llama Lucerito y que es la alegría de sus ojos. Se derrite cuando habla de él esta mujer que desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la noche se abstrae del mundo alemán en la parroquia. También María ha sufrido el paro que azota Alemania. Antes trabajaba de asistente social de la iglesia, visitando en cárceles y hospitales a hispanos. «Hace un año que nos despidieron porque no pueden seguir pagándonos». Aunque no le falta actividad, cuando le entra la morriña, «pongo música gallega, o los mariachis, o lo que haga falta». Más centrada en la vuelta de su nieto de las vacaciones que en lo que ocurra el domingo, reconoce «esa Merkel tiene cara de buena gente, y un cambio, quizás no vendría mal».