Reportaje | El principal problema económico que enfrenta Alemania Alcoholismo, criminalidad y el fracaso del proyecto multicultural se concentran en este barrio obrero, plagado de inmigrantes y con una tasa de desempleo de más del 20%
10 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.La estación de tren de Sonnenalle, la «avenida del sol», tiene poco de soleada. Sobre todo ahora que el verano agoniza y anochece más pronto. La iluminación brilla por su ausencia. No así los salones de juego, y las llamadas Eckkneipen (bares que hacen esquina), precisamente en Neukölln, el barrio berlinés que cuenta con la mayor tasa de paro de la capital alemana. Más de un 20% de la población activa carece de empleo en este tradicional barrio obrero del sureste de la capital, que fue reconstruido en los años 60 sin atender en lo más mínimo a los cánones de la estética. Hoy se concentran aquí muchos problemas: desempleo, alcoholismo, criminalidad y el fracaso del proyecto multicultural. Aquí donde el porcentaje de árabes, turcos, polacos y asiáticos es de los más elevados de la ciudad, las distintas culturas viven vidas paralelas. Por eso en el Uferlaterne se concentran exclusivamente alemanes, a diferencia del bar de enfrente que vende kebab , donde tienen cabida los conciudadanos de origen turco. La concentración de alcohólicos que viene hasta el Uferlaterne a llorarle las penas a Sylke, una mujer de 36 años (cualquiera diría que son al menos diez más), no llama la atención. «Todos me cuentan lo mismo, que antes tenían un buen trabajo, y que no saben por qué acabaron echándolos. Pero lo cierto es que pasaban muchas horas en el bar, demasiadas», cuenta Sylke, el alma de este establecimiento, que acaba de terminar su jornada de diez horas detrás de la barra. También ella tendría letanías que contar, pero asegura que «nunca le ha faltado el trabajo». Contaba 20 años cuando cayó el Muro, y no tardó en cruzar al lado que le había sido vetado para empezar a trabajar como limpiadora. «La cuestión es querer trabajar», cuenta mientras da una calada al enésimo cigarrillo del día y se lleva a la boca la merecida jarra de cerveza. Eso debieron pensar los artífices de Hartz IV, las leyes socio-laborales que el Gobierno de Gerhard Schröder puso en marcha el pasado uno de enero con el principal objetivo de devolver a los parados de larga duración al mercado laboral. Es el proyecto más ambicioso y arriesgado de la Agenda 2010, las medidas que el Ejecutivo rojiverde puso en marcha hace tres años. Las tijeras que ha metido al subsidio para desempleados se tradujeron en masivas protestas callejeras. A pesar de que el paro descendió en agosto por cuarto mes consecutivo, un 11,4% de la población activa de este país carece aún de empleo. La desocupación es el principal caballo de batalla de este Gobierno y del que se forme después del día 18. ¿Cómo devolver al mercado laboral a gente como Dieter, que con tan sólo 44 años lleva cuatro desempleado y ha perdido cualquier esperanza de encontrar un trabajo estable? Agarrado a su cerveza, relata cómo desde que entró en vigor la nueva ley cobra cien euros menos mensuales (ahora percibe 345 euros), aunque le sufragan los gastos de alquiler. «Llevo medio año en un curso de inserción laboral, donde me enseñan a escribir currículos, que ya me dirá para qué me sirven», explica como si la cosa no fuera con él. Recuperación Otros han optado por emigrar, sobre todo desde la extinta Alemania comunista, donde el paro duplica el de sus vecinos germano-occidentales. Schröder dijo hace siete años que si no lograba rebajar el desempleo, no merecía ser reelegido. Desde entonces, el número de parados se ha incrementado en más de medio millón. El canciller se escuda en el 11-S, el alto precio del petróleo y el elevado coste de la reunificación alemana, y apunta que la economía comienza a dar señales de recuperación. La reestructuración que las empresas han llevado a cabo durante los últimos años (a costa de despidos masivos) ha disparado sus beneficios. Alemania es campeona en exportaciones y la confianza de los empresarios aumenta. Pero es el pesimismo latente y el miedo a perder el empleo lo que lleva a los alemanes a ahorrar. El consumo interno sigue estancado y nadie encuentra la fórmula mágica para salir de la espiral.