La estrella alemana pierde brillo

Enrique Müller BERLÍN

INTERNACIONAL

Perfil | Joschka Fischer El jefe de la diplomacia alemana vive su peor momento por un plan de visados que la oposición considera un coladero de «prostitutas y mafiosos»

27 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

Joschka Fischer goza de una virtud terrenal que causa envidia en la jungla política de Alemania. El titular de Exteriores, después de ejercer el cargo más de seis años, sigue siendo el político más popular del país y el único que ha demostrado visión para los grandes asuntos de la diplomacia germana. El ex taxista y apasionado revolucionario de 56 años también es el líder indiscutido de Los Verdes. ¿Acaso no debe el canciller Schröder su reelección al extraordinario trabajo realizado por Fischer en las últimas elecciones nacionales, celebradas en el 2002? «Dios padre», le llaman en el partido, un apodo que mezcla respeto e ironía. Ingenuo romanticismo Pero un vuelco se produjo hace dos semanas, cuando la oposición -democristianos y liberales- consiguió poner en marcha una comisión investigadora en el Bundestag para determinar su responsabilidad en uno de los mayores escándalos que haya vivido nunca el Ministerio de Exteriores. Durante cuatro años, desde marzo del 2000 a octubre del 2004, varios consulados alemanes estratégicos en Ucrania, Bielorrusia, Rusia y Kosovo concedieron cientos de miles de visados a supuestos turistas, en respuesta a una visión romántica e ingenua: vivir en un mundo multicultural y sin fronteras. El 8 de marzo del 2000, el entonces secretario de Estado del ministerio, Ludger Volmer, dio a conocer una iniciativa para facilitar la concesión de visados, que se sustancia en la leyenda: « In dubio pro libertate » («En caso de duda, a favor de la libertad de viajar». Uno de los primeros en advertir el riesgo fue el ministro de Interior, Otto Schily, quien entendió que la célebre frase sería interpretada como una exigencia para acelerar la entrega de visas, pero también como una peligrosa violación del acuerdo de Schengen. Y nadie contó con la picaresca de las mafias ucranianas, rusas y kosovares. «El consulado en Kiev otorgó miles de visados a supuestos esgrimistas que venían a competir a Alemania», admitió un alto funcionario. «En realidad, la mayoría eran mujeres que venían a trabajar en la prostitución. Y en Kosovo fue peor, porque chantajearon y compraron a los funcionarios». Aquella visión de un mundo idílico sin fronteras se ha transformado en cuatro años en una pesadilla. Alemania -y los países de Schengen- recibió a miles de prostitutas, extorsionistas y narcotraficantes junto a trabajadores ilegales. «Unos cinco millones de personas entraron de forma clandestina en Alemania y otros estados europeos, donde permanecieron ilegalmente para fomentar la economía sumergida, la prostitución, el tráfico humano y otras maquinaciones», denunció el diputado de la CSU Michael Glos durante un agitado debate en el Bundestag. «Usted, señor Fischer, por decirlo de alguna manera, es un proxeneta». Glos pidió disculpas por el exceso, pero Fischer aún no ha logrado sacarse la etiqueta. La comisión del Bundestag aspira a saber el grado de responsabilidad del ministro, y cuándo fue informado del desastre. Los críticos piden su cabeza y desean un golpe mortal a la coalición que gobierna el país.