Análisis | Objetivos exteriores en el segundo mandato de Bush El pronóstico electoral de Irak hace que los mandatarios de la Casa Blanca dirijan ahora su atención a un país vecino: Irán
05 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.«El despreciable Gobierno de Irán». Con estas palabras tan poco diplomáticas se refería la máxima responsable de la diplomacia norteamericana a la nueva bestia negra de Washington a su llegada a Europa el viernes pasado. Hoy, en Turquía, Condoleezza volverá a discutir el asunto iraní con su homólogo ruso. Aunque la conversación seguramente transcurrirá con fluidez (la Rice, antigua sovietóloga, habla perfectamente el ruso) no es tan claro que logre el acuerdo de Sergei Lavrov para lo que, aunque lejanamente, empieza a parecer una aventura similar a la de Irak. De hecho, la manera en que el presidente Bush se dirigió a Irán en su reciente discurso del Estado de la Unión fue reminiscente de la retórica que concluyó en la invasión de Irak. Las relaciones entre Washington y Teherán han sido tensas desde 1979, pasando por episodios de abierta hostilidad; pero la frase que pronunció esta vez el presidente, mirando fijamente a la cámara, «al pueblo de Irán le digo que cuando ellos luchen por su libertad, América estará a su lado», suena claramente a «cambio de régimen». No es casual que el ascenso de Condoleezza Rice en la Administración Bush coincida con esta campaña anti-iraní. Rice está fuertemente vinculada a los think-tank pro-israelíes (AH y AEI, en particular) en los que se gestó en su momento la embestida contra Irak y se gesta ahora la de Irán. La preocupación por un Irán con armas nucleares, que está en el fondo de esta tensión, es una preocupación casi exclusivamente israelí. Pero Estados Unidos tiene también ahora sus propias razones para preocuparse, que se derivan precisamente de su éxito más o menos discutible en Irak: la desaparición de Sadam dejó a Irán sin su contrapeso natural pero, sobre todo, tan pronto terminen de contarse los votos en las elecciones de la semana pasada todo indica que Irak pasará a estar gobernado por un ejecutivo chií afín a Teherán. Bush querrá asegurarse de que no ha estado trabajando, sin darse cuenta, para el régimen de los ayatolá, lo cual no sería poco irónico. La partida es esta vez todavía más difícil. Irán no es un país «paria», como lo era la dictadura iraquí. Ha colaborado de manera crucial y la estabilidad de Afganistán y la región del Cáucaso, tiene acuerdos defensivos con los países del Golfo. En contra de lo dicho por Bush en su discurso, el Gobierno iraní, con todas sus imperfecciones, es un gobierno elegido en las urnas y su relación con el terrorismo se reduce a su apoyo a Hezbolá en el Líbano, una milicia nacional a la que difícilmente se puede calificar de terrorista. Por otra parte, la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) ha dado credibilidad recientemente a las alegaciones de Teherán en cuanto a que su programa nuclear no tiene fines militares. Pero lo cierto es que la maquinaria de Washington se ha puesto ya en marcha de nuevo.