Alemania honra a los «traidores»

Enrique Müller BERLÍN

INTERNACIONAL

La sociedad germana homenajea, después de despreciarlos durante más de sesenta años, a los oficiales que intentaron asesinar al führer Hitler el 20 de julio de 1944

18 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

La bomba que debía matar al tirano y cambiar el curso de la guerra pesaba 975 gramos, estaba escondida en un maletín de cuero y estalló a las 12.42 horas del 20 de julio de 1944 en la sala de conferencias del fortificado centro de operaciones para el frente oriental, Wolfschanze. El artefacto mató a cuatro oficiales y sólo dos personas de las 24 que se encontraban en la sala lograron salir casi indemnes. Una de ellas era Hitler. «Alguien ha tratado de asesinarme», exclamó el führer a su ayuda de cámara mientras se sacudía los escombros. «Usted vive, usted vive», exclamó el mariscal Wilhelm Keitel cuando vio salir al dictador entre los cascotes. Casi cinco horas después de haber dejado la bomba, el conde Claus Schenk von Stauffenberg llegaba a las puertas de la sede del alto mando de la Wehrmacht en Berlín, convencido de que Hitler había muerto. Fusilamiento El aristócrata y otros tres oficiales fueron fusilados esa noche en un patio del edificio, donde debían haber puesto en marcha el último capítulo de la operación Walkiria: acabar con la guerra en el frente occidental, formar un nuevo Gobierno y buscar una alianza contra el comunismo. «Larga vida a nuestra sagrada patria Alemania», gritó el conde antes de ser acribillado por las balas. El fracaso del aristócrata y de los demás conspiradores tuvo consecuencias terribles para el país y para toda Europa. Entre el 20 de julio de 1944 y la capitulación de la Wehrmacht, el 8 de mayo de 1945, murieron cuatro millones de soldados alemanes, cientos de miles de judíos fueron asesinados en los campos de concentración, casi dos millones de soldados soviéticos y aliados perecieron y las bombas aliadas convirtieron setecientas ciudades alemanes en ruinas. Si la operación Walkiria hubiera tenido éxito, Alemania habría conservado las fronteras que tenía antes de la guerra y el futuro político del continente habría sido otro. Los rebeldes del 20 de julio deseaban poner fin a la persecución de los judíos, pero también seguir la guerra contra la Unión Soviética. A pesar de la innegable importancia de la tentativa, la memoria colectiva germana tuvo serios problemas para recordar el sacrificio de Stauffenberg. Durante años, el duque y sus amigos fueron tachados como «traidores» en el sector occidental del país. En el este, los jerarcas comunistas los insultaron como «reaccionarios y agentes del imperialismo americano». En 1956, más de la mitad de la población de la RFA creía inoportuno bautizar escuelas con el nombre de los hombres del 20 de julio. La generación del 68 cambió sus creencias y recordó que los conspiradores eran conservadores, antisemitas y que la mayoría había admirado a Hitler cuando llegó al poder. Estas opiniones han cambiado. Según una encuesta reciente, dos tercios de la población alemana admira el valor de aquellos que arriesgaron sus vidas y las de sus familiares en su intento de asesinar al dictador y acabar con la tiranía nazi. En vísperas del sexagésimo aniversario, Alemania está orgullosa de mostrar al mundo que, durante el capítulo más oscuro de su historia moderna, hubo individuos audaces opuestos a la dictadura nazi. Un superviviente El barón Philipp von Boeselager, de 86 años, es el único superviviente de los conjurados. En declaraciones que publicaba ayer el dominical suizo Sonntagszeitung , Von Boeselager explica que todo el mundo sabía que el conde de Stauffenberg no era la persona más indicada para ejecutar el plan. «En África había perdido un ojo, la mano derecha y dos dedos de la izquierda. Ni siquiera podía sacar una pistola. Pero Stauffenberg era el único con el coraje suficiente para liquidar a Hitler en su cuartel general», asegura.