Todos los policías iraquíes están en alerta. Los próximos días serán los más difíciles para los agentes, que se han convertido en el blanco preferido de los insurgentes.
25 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Cada vez que el sargento iraquí Sattar Charan se pone el chaleco antibalas para ir a trabajar, sus tres hijas lo abrazan muy fuerte, pidiéndole que no salga a la calle, tal vez conscientes de que su padre desempeña el oficio «más peligroso del mundo», como lo demuestra la muerte de más de 700 policías en Irak en un año. En la plaza Tahir de Bagdad, donde se encuentra el monumento a la Liberación, Sattar estaba de guardia ayer. Decenas de sus colegas han sido asesinados en tan sólo dos días. Las últimas víctimas murieron hace apenas unas horas en el enésimo atentado contra una comisaría, al noreste de la capital. «Pueden atacarte en cualquier momento. Hay que estar alerta cada segundo. Nunca bajar la guardia. Los jefes nos han dicho que hay que estar muy atentos con los coches bomba y los francotiradores», cuenta el policía de 38 años. Dentro de pocas horas la temperatura superará los 40 grados centígrados. Sattar deja su chaleco antibalas en el jeep . «Da igual, es Dios el que envía la muerte», dice. Su talismán En el bolsillo de su reglamentaria camisa azul conserva como talismán las fotos de sus tres hijas: Zahra, Adraa y Tabarak. Charan gana 200 dólares al mes. Trabaja 24 horas seguidas, con una pausa de dos horas en la comisaría. Y después dos días de descanso. Pero, incluso en la comisaría, el peligro acecha: los puestos de policía son atacados regularmente, como el jueves en Mosul, Ramadi o Baquba. Para defenderse Sattar Charan tiene una pistola moderna de marca Glock y un Kalashnikov guardado en el coche. A su lado, su colega Mohamed Tahar, con los prismáticos pegados a los ojos, escruta los edificios colindantes, temiendo un francotirador. Cuando Sattar explica su dura situación, una mujer mayor sin dientes que pasa por la calle susurra: «Rogamos por tí». «La población nos apoya. Es lo que nos da ánimos», asegura. Sattar señala una avenida que lleva al túnel donde la víspera fue desactivado un explosivo. Cada montón de piedras, cada bolsa, cada rincón son sospechosos. Cuatro hombres se acercan a la patrulla. Los policías les apuntan y les obligan a demostrar que no llevan explosivos. Al contrario que los estadounidenses, los 92.000 miembros de la nueva policía iraquí no tienen blindados ni armas de gran calibre. Situados en las primeras posiciones, son los más vulnerables. Los iraquíes tampoco tienen las bases de datos con los nombres de los criminales y de los antiguos miembros de la policía secreta de Sadam Huseín, que serían muy útiles para infiltrarse el hermético mundo de la rebelión. El nuevo servicio secreto, inaugurado en agosto del 2003 bajo la supervisión de los estadounidenses, no empezó a funcionar hasta el pasado enero y, seis meses después, todavía no tiene ramifiaciones en las 18 provincias. El jefe de Sattar, el teniente Mohamed Said Haitham, reconocible por la estrella en su hombrera, ya le ha advertido: «Los próximos días serán los más difíciles». Eso supone que los días de reposo están suspendidos. Faltan cuatro días para el traspaso de poder. Policías y guardias nacionales han sido desplegados por todas partes en el centro de Bagdad.