La República Checa se benefició de la apertura a Occidente, donde presume de vestigios culturales, turismo y de su carácter dialogante para adaptarse a la Unión.
25 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.«Los extranjeros están continuamente entrando y saliendo por esa puerta. En quince minutos aquí parado puedes oír hablar en una decena de idiomas distintos», asegura Martha, una joven empleada de una de las muchas oficinas de turismo que hay en Praga, la capital checa. Un paseo por la magnífica ciudad carga de razón la explicación de la chica. Después de recorrer sus calles, el visitante regresa con la sensación de que Praga lleva una considerable ventaja a cualquier otra capital candidata a formar parte de la Unión Europea. Mucho antes de que un referéndum -de dos días de duración para garantizar una participación superior al 50%- certificase que la mayoría de sus habitantes, y por extensión los del resto del país, estaban a favor de la adhesión, la UE ya había tomado posesión de la urbe. El método empleado en la conquista no pudo ser más sencillo: la invasión turística lleva años escenificando ese «matrimonio de conveniencia» -término del presidente checo, Václav Klaus, para referirse a la integración- que quedará sellado de forma oficial el 1 de mayo. Así, el viajero sale de Praga con una dosis extra de cultura en la maleta y a cambio la ciudad hace negocio y se beneficia de un ambiente para el que parece haber sido concebida la palabra cosmopolita. Sin embargo, y pese al largo trecho recorrido, formar parte del próximo club de los 25 requiere algo más. La UE exige a los nuevos miembros dominar su catálogo de directrices, del mismo modo que la Unión se está viendo obligada a reformar sus normas para adecuarlas a la futura situación, ya que las características de los recién llegados difieren en mucho de las de los veteranos. Cursos de adaptación Para facilitar la adaptación, los países de la nueva hornada acogen cursos diseñados por Bruselas, en los que participan representantes de las distintas áreas sociales, económicas y políticas. En ellos se ponen en común ideas y se redactan informes que permitirán reformar los códigos comunitarios. Tratándose de adquirir y facilitar conocimientos, Praga, por supuesto, tenía que figurar en la lista de invitados. Una de las salas de conferencias de la capital acoge a directivos de distintos equipos de fútbol de la República Checa y Eslovaquia, representantes del Ministerio de Educación checo y expertos en legislación deportiva para estudiar un nuevo reglamento que en un futuro podría regular la práctica del deporte profesional en la UE. «Antes ya habíamos mantenido encuentros similares en Lituania y Estonia. Los clubes son empresas que cada vez mueven más dinero y estamos ante un gran negocio del que la Unión Europea tendrá que estar pendiente», explica Roberto Carlos Branco, uno de los responsables del T.M.C. Asser Instituut, designado por Bruselas para organizar estos encuentros en los que se espera «recabar información y comparar puntos de vista» para la posible reforma. La experiencia obliga a pensar que ámbitos como el deportivo están abocados a grandes cambios con la ruptura de fronteras en Europa -basta echar un vistazo a la ley Bosman, que permite jugar, sin ocupar plaza de extranjero, a los ciudadanos de países vinculados a la UE-. Experiencias como la de Praga permitirán que el gran salto del 1 de mayo no acabe en batacazo.