Los disturbios de esta semana entre la mayoría albanesa y la minoría serbia en la conflictiva provincia fuerzan las comparaciones entre los Balcanes y Oriente Medio.
20 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Las cosas parecían calmarse ayer en Kosovo, con las tropas de Kfor patrullando por las calles de Mitrovica, la ciudad que es a la vez epicentro y metáfora del conflicto entre kosovares albaneses y serbios. Pero el río que los divide allí en dos barrios separados se ha ensanchado bastante esta semana pasada con unos disturbios que en lo humano se han llevado una treintena de vidas y en lo político han vuelto a poner en cuestión el proceso político en esta región balcánica. No sólo en esa región balcánica. Los Balcanes, en realidad, están en todas partes, y si el recién electo presidente Zapatero quiere saber a qué se parece una ocupación administrada por la ONU como la que pone como condición para no retirar las tropas españolas de Irak lo sucedido en Kosovo esta semana le habrá ilustrado. Tras una guerra mucho más popular (al menos entre la mayoría albanesa) que la de Irak, y tras cinco años de reconstrucción y una calma que no está habiendo ni remotamente en Bagdad, Kosovo sigue condenado a la inestabilidad crónica como el enésimo recordatorio de que ganar una guerra es mucho más fácil que organizar una paz. Al igual que en Irak, en Kosovo la comunidad internacional se siente obligada a frenar un proceso natural que ella misma inició con su intervención. En el caso de Irak es el establecimiento de un gobierno más o menos fundamentalista chií, en el de Kosovo una república albanesa independiente. Ese es el inevitable destino de esta región en la que los serbios son 200.000 (la mitad de ellos están ahora refugiados en Serbia) y en la que los albaneses suman más de dos millones. Y si son además los ganadores de la guerra, cabría añadir. ¿Por qué la comunidad internacional no quiere que se consume el proceso? Simplemente, porque piensa en Kosovo, esta región con la improbable forma de un diamante pero que en realidad no tiene ningún valor económico, en términos estrictamente geoestratégicos. Repasando la prensa internacional estos días comprobamos cómo la imagen internacional Kosovo apenas incluye a sus habitantes. Los temores que se reflejan son el impacto que las persecuciones de serbios puedan tener en una Serbia abocada a elecciones (se presume una victoria del ultranacionalista Seselj), o su impacto en Macedonia, o en Bosnia. Poco o nada sobre lo que realmente quieren los habitantes de Kosovo. Lo que quieren los serbios, que la región permanezca en Serbia y a ser posible en la forma en la que se gobernaba durante la era Milosevic, es impracticable e injusto; lo que quieren los albaneses, un Kosovo independiente en el que los serbios sean tolerados en el mejor de los casos y más probablemente perseguidos es también injusto pero relativamente más practicable. Pero tendría más consecuencias políticas: podría conducir la secesión de la, en la práctica, ya escindida República Serbobosnia y quizá del norte de Macedonia. Así que la comunidad internacional prefiere este limbo de matanzas intermitentes y ambigüedades legales. Hasta que lo inevitable ocurra. Pero entonces ya se le podrá echar la culpa al destino.