Israel, EE. UU. y la bomba

Eduardo Chamorro MADRID

INTERNACIONAL

Un informe de la Asociación de Científicos Atómicos asegura que Israel posee doscientas bombas nucleares, a lo que habría que añadir unas treinta y cinco cabezas termonucleares junto con los misiles. Esto es lo que en Israel se conoce como «la opción nuclear», a la que ningún partido se refiere dentro o fuera del Parlamento. Se trata de una opción que no es secreta para nadie. Francia estuvo siempre al tanto porque fue este país quien proporcionó los materiales y los científicos con los que, a finales de los años cincuenta, se construyó el centro nuclear de Dimona, al sur de Israel. Estados Unidos lo supo diez años después. John F. Kennedy (1961-63) entendió que los problemas en Oriente Medio podían endulzarse mediante un acercamiento al líder egipcio Gamal Abdel Nasser, y la ayuda americana a Egipto pasó, en los tres primeros años de la Administración Kennedy, a los 500 millones de dólares, doblando la cifra asignada durante las administraciones de Truman e Eisenhower. Nasser fracasó en su intento de conseguir la unión de Egipto, Libia y Siria en una República Árabe Unida, y su respuesta a ese fracaso fue una radicalización que le llevó a la guerra con Yemen, a la amenaza sobre Arabia Saudí y a un intento de acabar con la vida del rey Huseín de Jordania. El nasserismo se convirtió en una especie de alter ego del castrismo al otro lado del Atlántico. Kennedy se encontró con las manos vacías y con un informe de la CIA sobre la capacidad de una base nuclear israelí a sur de Beer Sheba fotografiada a comienzos de los años sesenta por un avión espía U2. Por aquella misma época, alguien preguntó a Levi Eskold -a la sazón ministro de Hacienda israelí y, luego, primer ministro- si Israel tenía la bomba. «Aún no tenemos la criatura -respondió Eskold-, pero el embarazo va perfectamente». A finales de 1962 y ante la evidencia -documentada por la CIA- de que Israel era ya nuclear, Kennedy ofreció a Golda Meir -entonces titular de Asuntos Exteriores, luego primera ministra- una relación privilegiada similar a la establecida entre Estados Unidos y Gran Bretaña». Kennedy mantuvo la presión sobre los sucesivos gobiernos de Israel, sin conseguir otra cosa que el permiso para que dos físicos nucleares visitaran Dimona en día de fiesta, sin medios técnicos de medición ni cámaras fotográficas. Cuando el presidente norteamericano amenazó con la suspensión de toda ayuda, el primer ministro israelí, Ben Gurión, presentó su dimisión. A su llegada al poder, el presidente Lyndon Johnson (1963-69) tenía otras cosas en qué pensar: Vietnam y una crispada política interior. Israel prosiguió su programa nuclear sin molestia alguna y, tras la Guerra de los Seis Días, dejó bien claro que su «opción nuclear» superaba el enfoque geopolítico del Oriente Medio para plantearse como opción de defensa ante la posibilidad de un nuevo holocausto similar al sufrido por los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Fueron sus últimas palabras al respecto. Israel no ha firmado tratado alguno contra la proliferación de armas nucleares. Lo único que ha dejado claro es que no será el primero en utilizarlas. Y nadie parece dispuesto a conseguir que abra sus instalaciones nucleares.