En tierra de nadie

C. Tristán CORRESPONSAL | TEL AVIV

INTERNACIONAL

AP

El amor por una judía y el hijo que tuvo con ella han puesto en tierra de nadie a un palestino de 52 años repudiado por los suyos y no admitido por los israelíes

27 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

Un padre y un hijo se funden en un desgarrado abrazo, ajenos a los flashes de los periodistas, las miradas atónitas de los soldados y el frío de una gélida noche en el tétrico control militar de Eirot, cercano a la localidad de Kalkilia. La sorpresa de las tropas estaba justificada. El palestino al que estaban a punto de expulsar de Israel a tierras cisjordanas, y cuya estancia ilegal en el país habían sorprendido poco antes, besaba entre sollozos el rostro de un soldado como ellos que acababa de llegar apresuradamente con un reducido grupo de reporteros. De nada le había servido hasta ese momento a Adel Huseín, este palestino de 52 años, mostrar desesperadamente el recorte cuidadosamente doblado del reportaje, publicado en The New York Times hace un par de meses, que narra su tragedia marcada por el amor incomprendido y la intransigencia en tiempos de guerra. Un amor que comenzó treinta años antes en Tel Aviv, y que le unía por encima de odios y religiones a Stelle Peretz, una judía de 19 años, por la que intentaba convertirse al judaísmo sin éxito. Fue entonces Stelle la que abrazó la religión musulmana, y la que se trasladó hasta un miserable campo de refugiados en Cisjordania, próximo a la ciudad de Tulkarem, para vivir juntos. Allí nació su hijo, Muhamad, y allí vivieron aceptados por sus vecinos hasta el comienzo de la primera intifada , en la que el pequeño Muhamad, como el resto de los chiquillos, lanzaba a diario pedradas contra los poderosos tanques israelíes. Separación La pareja entonces, acuciada por el odio creciente e irrespirable, tomó una solución drástica: madre e hijo regresarían a Israel -éste cambiaría su nombre islámico por el judaico de Yossi Peretz-,y el padre trataría de reunirse con ellos cuando Israel le concediera el permiso de residencia. Un documento que jamás llegó, y que por el camino tropezó con la aprobación de la ley israelí que impide la reunificación de familias palestinas. Desde entonces, el matrimonio se separó definitivamente, y Muhamad es un paria, un traidor entre sus vecinos, que quemaron su casa y le aseguraron la muerte. Este chico, que a sus 21 años sirve en el Ejército hebreo, pide una oportunidad para reconstruir una vida marcada por el desgarro. De momento, el impacto mediático de ese abrazo entre padre e hijo en el control militar de Eirot ha conseguido que los tribunales revisen su caso. Los periodistas, de vez en cuando, servimos para algo.