El rasguño de Bush

Miguel Murado

INTERNACIONAL

KEVIN LAMARQUE

El presidente de EE.UU. llegó al encuentro entre países con una herida que se hizo podando, nada comparable con los golpes diplomáticos que se llevó en México

17 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

Los muy observadores habrán visto la mancha de maquillaje que llevaba el presidente de Estados Unidos en la mejilla derecha durante la ceremonia de clausura de la Cumbre de las Américas, el martes pasado en Monterrey (México). Ese maquillaje tapaba una herida que se había hecho unos días antes en su rancho de Crawford, Texas, mientras se entregaba a su pasatiempo de podar arbustos. Una rama desprendida logró, en un descuido, más de lo que todos los terroristas del mundo han logrado (y quizá, intentado) en dos años: herir al presidente de EE.UU.. No, Bush no recibió ese rasguño de sus homólogos latinoamericanos; pero bien podía haber sido así, porque en Monterrey le dieron más de un zarpazo. De los tres papeles que llevaba consigo el presidente: compromiso claro en la liberalización del comercio, aislamiento de Cuba y un plan de sanciones contra la corrupción, Bush no consiguió que sus vecinos firmasen ninguno. Al final se optó por la táctica que ya se viene convirtiendo en tradición de estas cumbres americanas: limitarse a frasear los objetivos y las intenciones sin intentar concordar en estrategias o plazos. El único acuerdo es que no hay desacuerdo. Gran distancia Lo cierto es que la distancia entre Norte y Sur es demasiado grande. Aunque los países del Sur ven la necesidad (o más bien lo inevitable) de la liberalización de su comercio con Estados Unidos, entienden que el ritmo propuesto les asfixia. Es el descontento con esas políticas de Estados Unidos y del FMI lo que ha llenado en los últimos años el Cono Sur de presidentes populistas o izquierdistas como Kirchner, Lula, Toledo o Chávez. Sus países están en plena crisis (sobre todo Argentina, el alumno aventajado del FMI, que carga con una deuda externa de 88.000 millones de dólares por seguir sus malos consejos). Estos países no quieren empezar a hacer recortes en su economía como Bush ha estado podando los setos de su rancho, sin tomar precauciones. Máxime cuando, como recordó el presidente peruano Alejandro Toledo, los propios norteamericanos, tan librecambistas cuando se trata de predicar a los demás, siguen subsidiando, por ejemplo, con 20.000 millones de dólares anuales su poco competitiva agricultura. De este asunto, por el que ya fracasó la cumbre de la OMC del año pasado en Cancún, Bush, con las elecciones ahí mismo, no ha querido ni oír hablar. Estados Unidos se niega a aceptar ese fracaso del non-nato milagro económico latinoamericano, y ha encontrado a qué echarle la culpa: la corrupción. Existe, pero los gobernantes de América tienen motivos para temer que la corrupción acabe convirtiéndose para la política económica en lo que está siendo el terrorismo con respecto a la política internacional: una excusa útil para poner y quitar reyes arbitrariamente. En consecuencia, han dicho «no». Como han dicho «no» al «no a Cuba» de Estados Unidos, exacerbado en este período electoral en el que la capitalidad se traslada provisionalmente de Washington a Miami. Para Venezuela, su alianza con Cuba es vital (ahora mismo, se encuentra virtualmente invadida de médicos cubanos), pero para otros se trata simplemente de una cuestión de independencia, como en el caso de Argentina, cuyo presidente Kirchner ha adelantado claramente a Lula por la izquierda en esta cumbre. Kirchner había prometido en la televisión porteña propinar un K.O. a Bush y, aunque, para tranquilidad de todos, no llegó a las manos, fue el más claro y rotundo de todos los mandatarios asistentes. Oportuna reconciliación Ya de partida, el aislamiento de Estados Unidos en esta cumbre era tal que, para ganarse anticipadamente aliados, Bush tuvo que congraciarse apresuradamente con Canadá (le ha permitido participar en el negocio de Iraq) y con México, a quien le ha vendido la regularización de unos 11 millones de inmigrantes ilegales (más de la mitad de ellos, mejicanos), una idea también rentable electoralmente para el propio Bush. En parte, Fox ha teatralizado su alegría, porque en México la medida no está cayendo tan bien como se ha dicho: es una regularización temporal y se teme que pueda servir para deportar luego más fácilmente a los trabajadores y que, mientras tanto, les haga más vulnerables a la explotación laboral. El asunto que de verdad interesaba a México era otro: el descenso de los aranceles que Estados Unidos impone al dinero que envían a casa los inmigrantes. En el caso de México los emigrantes son el 23% de su población y en el de El Salvador el 15%, país para el que estas remesas suponen el 43% de sus divisas. Pero de esto no ha habido nada. Cuánto han cambiado las cumbres de Estados Unidos con los otros países de América, lo que los clásicos llamaban el «patio de atrás» de la política norteamericana. Sigue siendo, sin duda, el patio, pero ya no está atrás sino en medio. Otra cosa es que estas pequeñas rebeldías vayan a alterar el curso de los acontecimientos. En mayor o menor medida, los 33 gobiernos representados en Monterrey dependen de la voluntad de EE.UU. para sobrevivir políticamente, y lo saben. Aunque hayan logrado que no se fije el 2005 para el comienzo de la zona de libre comercio (800 millones de personas) que prevé el ALCA, la fecha aparece recogida de forma implícita en el texto final. En todo caso, es Washington quien va a tener la última palabra. Lo que ha recibido Bush en Monterrey, a los pies de la mítica Sierra Maestra de los duelos del Oeste, es un rasguño, simplemente un rasguño.