Ganar la guerra y perder la paz

Luis Ventoso REDACCIÓN

INTERNACIONAL

JAMAL A. WILSON

El Gobierno de Bush ha demostrado sus dotes para las conquistas bélicas relámpago pero acredita una onerosa incompetencia para regenerar Afganistán e Irak

08 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

El jueves se cumplirán dos años del sorpresivo ataque de Al Qaida contra las Torres Gemelas de Nueva York, corazón simbólico del capitalismo occidental. Aquella mañana los estadounidenses descubrieron que eran vulnerables en su territorio. Además, el carácter mediático y representativo del golpe lo convirtió en una humillación. George W. Bush reaccionó declarando una «guerra mundial contra el terrorismo» y lanzando una orden de búsqueda y captura contra Bin Laden (emitida con modales de far west : «vivo o muerto»). La campaña contra el terror permitió poner en práctica las teorías pro guerra preventiva que venía preconizando un grupo de teóricos ultraconservadores agazapado en la estructura civil del Pentágono. Su tesis era naif: a veces hace falta recurrir al mal absoluto (la guerra) para lograr resultados virtuosos (más seguridad para Occidente y la universalización de los valores democráticos que definen nuestra civilización). El primer paso fue Afganistán. Con la herida del 11-S aún supurando, la invasión recibió el plácet de todos los estados avanzados. Desde el punto de vista militar supuso un triunfo fulminante. Los maletines de dólares de la CIA ablandaron la resistencia, las fuerzas especiales señalaron objetivos y la aviación (que llegó a usar la bomba cortamargaritas , la mayor por debajo de la atómica) hizo el resto. Pero en Afganistán ya se atisbó el hándicap de la estrategia geoplanetaria agresiva de George W. Bush (¿o de Donald Rumsfeld?): EE. UU. sabe ganar la guerra, pero pierde la paz. Hoy, dos años después de la toma de Kandahar, los talibanes se reagrupan en el sur. Las fuerzas multinacionales (con peso gravoso para la ahora pacifista Alemania) sólo garantizan el orden en la capital Kabul y la población sigue habitando un país misérrimo, descascarillado por los misiles y las minas. Afganistán deja además un sarcástico debe: Bin Laden sigue sin aparecer. Y mientras se sostenía que había que invadir Irak porque Sadam daba cuartel a Al Qaida, los servicios secretos susurran que el mayor terrorista del orbe se oculta en las descontroladas zonas tribales de Pakistán (que sufre una dictadura de hierro, aliada fiable para Washington). Irak amplía y exacerba los fallos detectados en la posguerra de Afganistán. El miércoles 19 de marzo, cuando apareció demudado en televisión para anunciar el inicio de los bombardeos sobre Bagdad, Bush prometió un Irak democrático y habló así a sus soldados: «El pueblo que vais a liberar os va a dar la bienvenida». Antes, el vicepresidente Cheney había declarado que «no existe duda de que Sadam tiene armas de destrucción masiva». Del triunfo al caos Cuatro meses después de la conquista de Tikrit, el último feudo del sátrapa, en Irak no hay democracia (gobierna Paul Bremer, un virrey americano, con el telón de un consejo títere elegido a dedo); tampoco aparecen las armas de destrucción masiva (y nunca se encontrarán, pues no existían). El pueblo que iba a dar la bienvenida a los americanos está soliviantado, porque impera el pillaje y servicios básicos como el agua, la luz y el combustible flaquean (en un país con las segundas reservas petrolíferas del mundo). Las supuestas conexiones de Sadam con Al Qaida también se han revelado irreales, pero a cambio ha surgido un terrorismo anónimo (rescoldos del partido Baas de Sadam, según los invasores), que ha reventado la misión de la ONU, ha matado a la primera autoridad religiosa del chiísmo y se ha cobrado más vidas de soldados estadounidenses que la propia guerra. Para Bush, Irak era el laboratorio para democratizar todo Oriente Próximo. Tampoco ahí ha funcionado la pizarra Disney del Pentágono: la Hoja de Ruta ardió hace semanas. Bush ha solicitado 87.000 millones de dólares más para sufragar su guerra, lo que le va a permitir fijar un récord ya esperado: el mayor déficit de la historia de EE. UU. (500.000 millones, que no podrá enjugar con impuestos, porque sigue empecinado en su tax cutting ). Quizá la bancarrota resulte ser la mejor aliada del pacifismo.