El Gobierno confirma que dos granadas de mortero cayeron en la base española

David Beriain ENVIADO ESPECIAL EN DIWANIYA

INTERNACIONAL

El último convoy de Kuwait llegó ayer a Diwaniya, con lo que el contingente de 1.340 soldados ya está completo A pesar del ataque, las medidas de seguridad no se han modificado

22 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

El ataque del pasado miércoles a la base española de Diwaniya, lo confirmaba ayer el Ministerio de Defensa, fue con morteros. De 81 milímetros, como les adelantó La Voz. Diecinueve granadas. Dos cayeron dentro de las instalaciones, en la parte que aún controlan los norteamericanos. Una de ellas no explotó, la otra destrozó un cuarto de baño de madera que a esa hora, las nueve y cuarto, no utilizaba nadie. Esta última explosión, la más cercana de todas, la notaron claramente muchos españoles. «Me dejó un silbido en el oído», comentaba ayer un legionario. A las chicas, el ataque les encontró en su horario especial de duchas. Tuvieron que correr a por su equipo y a juntarse con sus compañeros en los lugares de alerta preestablecidos. Ayer se hicieron públicos los resultados de la investigación abierta tras el ataque, aunque éstos ya eran la comidilla del contingente desde el jueves. El equipo de desactivación de explosivos halló una posición de morteros a 1.200 metros de la base. Es decir, que encontró el agujero que hace el arma por el retroceso del lanzamiento. Eso, sumado al estudio de los cráteres que dejan los impactos, los intervalos de las detonaciones y de las tres granadas que no explotaron, permitieron saber que se utilizaron cinco tubos de lanzamiento y proyectiles de 81 milímetros, muy usados por el ejército iraquí, y quizás alguno de 82, habituales en los países árabes. ¿Pero qué significan estos datos? ¿Quién disparó? ¿Pretendía herir a alguien? ¿Por qué no acertó de lleno a la base? Por la clase de material usado, el Ejército sospecha que puede provenir del robo de un polvorín el 5 de agosto, aquí en Diwaniya. En aquella ocasión se llevaron granadas de mortero y tubos de lanzamiento. Desde luego, se desconoce quién es el autor. En el contingente se sospecha que pueda ser alguien pagado para realizar el ataque, alguien de afuera con conocimientos castrenses y voluntad de hostigar a los militares. Sobre la intenciones del ataque hay consideraciones de todo tipo y apenas un hecho claro: los morteros de 81 milímetros tienen un alcance de casi 6 kilómetros, por lo que si no cayeron dentro de la base no fue por un problema de distancia. Hay quienes piensan que no supieron o no pudieron apuntar bien (al mortero le faltaba una pieza en la base). Otros creen que simplemente era un toque de atención, un «aquí estamos». Alambre de espino El ataque con morteros no ha modificado ni la vida ni las medidas de seguridad habituales en el contingente. La base está rodeada por alambre de espino en todo su perímetro y hay varios puntos de vigilancia. Nadie se puede acercar a más de 200 metros de la alambrada sin que se le requiera la identificación. Al margen de eso, no hay nuevas medidas de seguridad previstas. En la base ya están suficientemente ocupados alojando a las tropas que llegaron en los últimos días. Ya están todas aquí. Mucha gente, sitio justo, baños escasos, y apenas dos teléfonos para todos para llamar a casa, a la familia. Ayer entró en la base el último de los convoyes que traían soldados desde Kuwait: 36 vehículos y 173 hombres, fundamentalmente del Escuadrón de Caballería. Llegaron con sus Vecs, las tanquetas con cañón de 25 milímetros, quizás el arma más poderosa de que dispondrá el Ejército en Irak. Mientras tanto, prosiguen las patrullas mixtas de norteamericanos y españoles por las calles de Diwaniya. Los marines intentan enseñar a los legionarios los entresijos de esta ciudad y les dan consejos. «Intentamos ser amables, pero siempre estamos listos para matar», le decía un soldado norteamericano al sargento Pérez.