Las críticas a la guerra amargan el humor del presidente americano Sus amigos cercanos aseguran que ha dejado de hacer gracejos y de comer dulces
02 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando hace unos días un consejero le preguntó en qué sentido la guerra le había cambiado, George W. Bush contestó secamente: «Estamos en guerra desde el 11-S». Sin embargo, sus más estrechos colaboradores aseguran que el Bush que se enfrenta cada día con aparente seguridad a las cámaras no es el mismo que se enfrentó a los ataques terroristas. Según fuentes próximas a la Casa Blanca, Bush, que asumió su papel mesiánico tras aquella fatídica fecha, no mostró entonces el mismo nivel de estrés y preocupación que le caracteriza en esta guerra. El hombre que solía encontrarle el punto irónico a casi todas las cosas parece haberse encerrado en sí mismo, la seriedad y los nervios han enterrado sus muestras de optimismo y las sonrisas, tan comunes en su rostro de antes, ahora brillan por su ausencia. Cambio de horarios Bush está preocupado. Desde antes de que comenzara el ataque a Irak. Ya entonces empezó a mostrar cierta ansiedad y se impuso una rutina casi militar, cambiando sus horarios, que son rígidos y minimizan las reuniones sobre problemas domésticos, y eliminando de su dieta uno de sus principales vicios: los dulces. El inicio del conflicto ha empeorado su sentido del humor. Junto a sus colaboradores se muestra a menudo seco, incluso irascible, y no digamos cuando escucha las críticas que le llueven desde la prensa relativas al supuesto fracaso del plan militar estadounidense. «Su mirada es dura, inflexible. La responsabilidad con la que carga también se nota en su voz. Yo estoy preocupado por él», confiesa un amigo cercano. Obsesión No espera a que le entreguen un resumen de prensa: él mismo lee los periódicos y sigue muy de cerca las noticias por televisión, a pesar de que la mayoría de ellas le irriten sobremanera. Sin embargo, afirma, quiere escucharlas todas, las buenas y las malas. Está obsesionado con la guerra, tanto, que a pesar de saber poco de estrategia militar, aprende con avidez de sus encuentros con Rumsfeld y el general Myers, a los que escucha con admiración. Y, aunque amonesta a los colaboradores que critican el plan de guerra, siempre solicita sus opiniones. Pese a que nunca ha sido el rey de la diplomacia, la guerra ha minimizado esa dote. Dos días antes de que le diera el ultimátum a Sadam, Bush reunió a los miembros del congreso en la Casa Blanca y les dijo escuetamente que su país iba a la guerra y que les informaba de ello porque esa era la norma. Y sin más se despidió. Los congresistas, que esperaban una detallada explicación, se retiraron bastante molestos. Eso sí, su fórmula para luchar contra los nervios no ha cambiado: rezar y hacer ejercicio.