La crisis obliga a miles de jubilados a prolongar su vida laboral -Algunos empresarios explotan a los mayores con salarios más bajos que los de los jóvenes
06 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.A sus 87 años, José López Amedo no trabaja más porque no encuentra en qué. Este carpintero de Piñeiros, O Páramo, es uno de los centenares, tal vez miles, de jubilados gallegos de Buenos Aires, muchos de ellos octogenarios, que pelean por añadir unos pesos a sus pensiones de miseria. «Si viviera en Lugo, ¡qué iba a trabajar!. Si allí los jubilados ganan un montón y están de maravilla», dice José. Ahora está arreglando tres sillas en su taller, en su casa de Hurlingham, el antiguo barrio inglés. La falta de dinero líquido, a causa del corralito y el agravamiento de la crisis durante este año provocó un severo recorte de las changas , que es como llaman en Argentina a los pequeños trabajos a domicilio. López y otros muchos gallegos necesitan esas changas porque sus pensiones no alcanzan para vivir. Él cobra 160 pesos, 45 euros, al mes. Sólo de agua, luz, teléfono e impuestos paga 120 pesos. Suerte que le ayuda su hijo y percibe también la pensión de su mujer ya fallecida, con lo que alcanza los 300 pesos. Su buena salud le permite no gastar en medicamentos. «Gracias al trabajo, tengo menos tiempo para pensar», explica y asegura que «hace ya muchos años que me arrepentí de haber venido a Argentina». Manuel Álvarez, nacido en O Grove hace 82 años, también era carpintero. Hoy trabaja de remisero , un taxista por encargo. «Entre los dos cobramos 400 pesos de pensión y dedicamos entre 200 y 300 sólo a gastos de la vivienda», apunta su esposa, María Touriño, de Sanxenxo. También tiene 82 años Manuel, nacido en Caldas de Rei, que limpia los suelos de un hospital de Avellaneda. Vergüenza y desesperación Eugenio es más joven, pero su empleo resulta cruel. A sus 70 años, va varios días por semana a un almacén a descargar material. «Tengo una pensión de 300 pesos. Doscientos se me van en medicinas, porque padezco de próstata», dice este emigrante de Muxía. Ayer, mientras hacía cola para recibir medicinas de la Xunta, sollozaba: «Siento vergüenza. Nunca quise ser una carga para España ni recibir limosna. Ya le dije a mi mujer que si vamos a peor, es mejor abrir el gas y morirse». Otros jubilados gallegos subsisten de camareros, electricistas, albañiles, costureras... «Los explotan. Les pagan cinco pesos por un trabajo por el que a un joven le darían diez», dice el fisterrán Perfecto Marcote, presidente del Centro de Jubilados de Avellaneda.