Casi un año después, las investigaciones han vuelto a su punto de partida.
05 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.En la estela del 11-S, no sólo la captura de Osama Bin Laden ha resultado una misión imposible para las fuerzas estadounidenses. El pasado 5 de octubre, cuando el humo y el hedor a muerte eran aún los señores de la Zona Cero, en Florida perdía la vida Robert Stevens. El redactor gráfico del tabloide The Sun se convertía en la primera víctima de una serie de ataques con ántrax que harían temblar al país. Cuando se aproxima el aniversario de aquella fecha, los investigadores del FBI todavía no han sido capaces de dar con la clave de la desconcertante ofensiva biológica. Ni con su autor o autores. Es más, si se atiende a la evolución de las pesquisas, cabría pensar que las cosas están tan oscuras como hace un año. De hecho, la semana pasada los expertos federales volvieron al edificio de Boca Ratón (Florida) donde se detectaron los dos primeros casos de ántrax, la sede el American Media, la casa editora de seis tabloides de la peor reputación. El inmueble ha estado sellado desde el pasado octubre, y registrado hasta la saciedad. Se cree que el carbunco entró allí, como en el resto de los ataques, mediante el correo. Sin embargo, el sobre que contenía las esporas nunca fue hallado. Los investigadores han regresado allí a la búsqueda de pistas que puedan permitirles entender cómo las bacterias fueron diseminadas. Y tal vez obtener así alguna clave sobre la autoría de las acciones terroristas. Hasta el momento, las conjeturas apuntan a que todo fue obra de algún residente de Estados Unidos, con conocimientos biotecnológicos y sin conexión alguna con Bin Laden o Al Qaida. La persecución de ese enemigo sin rostro conocido ya se ha cobrado sus propias víctimas. Tomas Foral, que cursaba estudios de posgrado en la Universidad de Connecticut, pasó a ser en julio el primer acusado por poseer ejemplares de ántrax «sin motivo justificado». La Ley Patriota Para procesarle se empleó la recién aprobada Ley Patriota de Estados Unidos. Su pecado: haber guardado en su nevera del laboratorio muestras del la bacteria procedentes de otro refrigerador, que había dejado de funcionar, de un colega. Foral, de 26 años, no tenía nada que ver con los ataques. Como tampoco parece tenerlo Steven Hantfill, uno de los 30 científicos investigados por el FBI. Hantfill, de 48 años fue despedido el pasado miércoles de la Universidad Estatal de Luisiana. Los responsables del centro argumentaron que las investigaciones federales alteraban la vida universitaria. La foto del científico había pasado a ser demasiado pública, y él un elemento incómodo.