El día más largo de mi vida

Bárbara Celis D'Amico NUEVA YORK | CORRESPONSAL

INTERNACIONAL

GULNARA SAMOILOVA

La corresponsal de La Voz de Galicia en Nueva York fue testigo de excepción de la jornada en la que dos aviones destrozaron las Torres Gemelas

31 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Polvorienta, agotada, aturdida, hambrienta, con llagas en los pies, me desplomé sobre un asiento gris de un vagón de metro y lloré. Nunca antes nadie en Nueva York me había cedido su lugar en el subway . Mi aspecto debía ser lamentable. Era el 12 de septiembre de 2001. Pero para mí seguía siendo el día 11. Fue una jornada interminable, aunque al mismo tiempo era difícil dejarla acabar. Hacía más de treinta horas que había salido de mi casa, en Brooklyn, y las imágenes grabadas en mi retina empezaron a confundirse en mi memoria. Se mezclaron con el cansancio, con la perplejidad, con el caos, con la incertidumbre, con el polvo de mis zapatos, que habían caminado kilómetros en una ciudad colapsada por la caída de sus gigantes. Las lágrimas fueron inevitables: necesitaba derrumbarme después de haber mantenido la calma durante tantas horas para poder hurgar en el miedo y la desesperanza que se apoderaron aquel día de la ciudad y ser capaz de contarlo. Cuando salté de la cama para subir al tejado y ver cómo ardía la primera torre, me costó reaccionar. Llevaba varios días griposa y ese humo negro al otro lado del río, rompiendo la geométrica armonía del paisaje, me hizo dudar. Primero, me hice preguntas estúpidas: «¿Por qué los bomberos no lo apagan con mangueras?». Cuando estás tan acostumbrado a ver algo integrado en tu paisaje diario no te das cuenta de sus dimensiones. Era imposible que el agua alcanzara la altura de aquellas llamas. La noticia Mientras despertaba, entre ansiosa e incrédula, con la cabeza amodorrada por el fuerte resfriado, empecé a reaccionar: primero fui a coger mi cámara de vídeo -«Ésta es LA NOTICIA», pensé-, y mientras bajaba por la escalera, estalló la segunda torre. Mi vecino salió al descansillo para avisarnos. Lo estaba viendo por televisión. Poco después, otro vecino, italiano, aplaudía ante las cenizas del Pentágono mientras su mujer le reprendía. «Es que ya les tocaba a estos gringos que alguien les hiciera algo así», dijo él. «No seas bestia» replicó ella. Frente a la pantalla, otra vecina, norteamericana, lloraba desconsolada. Por suerte, no entendió las palabras de los otros. Siete amigos gallegos que casualmente pasaban unas vacaciones en mi casa observaban la escena en silencio. Ellos se ocuparon de mimar nuestros estómagos en los días que siguieron, mientras esperaban que Nueva York volviera a la normalidad. Atónita, ante la televisión, se me pasó el resfriado de golpe al ver cómo caía la primera torre. Hice un aterrizaje forzoso. La realidad se imponía a mi propia realidad. Soy periodista, mi propio 11 de septiembre comenzaba en ese momento. Y no terminó hasta la noche del día después. Luego vinieron muchas más noches, epílogos de aquel día, madrugadas de trabajo, de insomnio, de pesadillas, y también de noches escapistas, para no pensar más en lo que al principio todos los neoyorquinos temíamos que volviera a ocurrir. Aquel fue sin duda el día más largo de mi vida. Predicciones pesimistas Afortunadamente las predicciones más pesimistas jamás se cumplieron, aunque América nos hizo pensar que aquello era una declaración de guerra. Y los neoyorquinos, aquel día, lo sentimos como tal. La verdad y la realidad no siempre coinciden. La verdad sólo la sabremos cuando el 11-S esté lo suficientemente lejos como para que la Historia pueda hablar por sí misma. La realidad es que aquella primera noche el sur de la ciudad se parecía mucho a una urbe en estado de sitio. Entre el 11 y el 12 de septiembre vi muchas caras de la ciudad. La más espeluznante fue la de las preguntas sin respuesta, abortadas con violencia por decenas de militares, de policías, de uniformados que huían de la prensa como de la peste, y hacían lo imposible para que no acercáramos nuestros ojos a la catástrofe. Boca a boca La mayoría de los teléfonos funcionaba mal y la incomunicación tecnológica se suplía por el boca a boca. Pero eso no sirve cuando eres periodista. Había que intentar saber, improvisar, ayudarse y hacer piña con otros periodistas porque el caos era demasiado grande como para convertirse en héroe solitario de la información. Varios de los amigos gallegos trabajaron codo a codo conmigo, también ellos eran periodistas. Viajábamos a pie, no había transporte. Ni metro, ni taxis, ni autobuses. El humo intoxicaba el aire y el miedo impregnaba calles solitarias, cenicientas, llenas de escombros y de automóviles aplastados. Vimos zapatos sin dueño, bolsos, objetos fuera de contexto abandonados de repente. La noche se fue haciendo día y, mientras nos alejábamos de la Zona Cero, observábamos un Nueva York silencioso, poblado improvisadamente por homeless , yonquis y locos. Habitantes a los que la aséptica ciudad conseguida por el alcalde Giuliani no nos tenía acostumbrados. Más tarde me quedé sola, y vagué con mi cámara intentando atrapar momentos, desconcertada ante el dolor, aturdida por las sirenas de la policía. Aquel día no entramos en las tripas del desastre. Nos quedamos a dos manzanas. Hoy me alegro de no haber llegado hasta allí. Llegué días después. Al horror y al miedo no se les puede poner grados, y verlos de cerca no te hace más sabio. Todos sentimos que era una ciudad en guerra y la realidad, vista con un año de distancia, es que no lo fue. Sarajevo sí vivió un conflicto bélico y aún siente en sus calles las consecuencias. En Nueva York, sólo queda un inmenso solar, desempleo y muchas leyes nuevas que hacen peligrar la democracia con la excusa del 11-S.