Los portugueses optan hoy entre dar continuidad al proyecto socialista o conceder su confianza a los conservadores Portugal afronta hoy unas elecciones legislativas determinantes para su futuro inmediato. La crisis económica y el desgaste de nueve años de gobierno del Partido Socialista (PS) han situado al conservador José Manuel Durão Barroso, líder del Partido Social Demócrata (PSD), como favorito para ocupar el cargo de primer ministro. Pero el candidato del PS, Eduardo Ferro Rodrigues, no renuncia a un triunfo que hace dos meses parecía imposible. Para ganar, ambos necesitan evitar la dispersión de los votos y, sobre todo, que los electores acudan a las urnas, algo difícil en un país desencantado de la política y de sus líderes.
16 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Tras una semana de intensa lluvia, el sol volvió a brillar ayer en Lisboa y en muchos otros puntos del país. Los portugueses se echaron a la calle, poblando las terrazas y los mercados, pero nada en el ambiente recordaba la cita de hoy con las urnas. Lógico, si se tiene en cuenta que, durante toda la campaña, el ambiente ha sido frío y poco participativo. Los partidos no han conseguido captar la atención de los votantes, que acogieron sus mensajes entre la indiferencia y el escepticismo. El PS partía con el lastre de la desastrosa gestión de los dos últimos años de gobierno de António Guterres, plagada de errores que situaron a los socialistas en el punto más bajo de popularidad de los últimos tiempos. El discurso del PSD tampoco ha calado en la sociedad. Su líder, Durão Barroso, no inspira confianza a los votantes, que temen un recorte en los beneficios sociales conquistados durante la era socialista. Las formaciones minoritarias, por su parte, sólo aspiran a entrar en el Parlamento y romper la hegemonía de los dos grandes partidos. Entre el populismo demagógico del Partido Popular y la vocación antisistema de los comunistas y del Bloco de Esquerdas, los portugueses no han encontrado una alternativa creíble. Nostalgia Los tiempos de los líderes carismáticos que arrastraban a los votantes parecen haber quedado atrás. En los últimos días, algunas voces han recordado con nostalgia al ex-presidente Mario Soares o al propio António Guterres, del lado socialista, o al ex-primer ministro conservador Aníbal Cavaco Silva. El perfil bajo de los dos principales aspirantes parecía abrir la puerta al debate de ideas, pero no fue así. Durão y Ferro se enzarzaron en polémicas estériles y se limitaron a reclamar para sí el voto, aunque sólo con el argumento de obtener una mayoría clara. Con este panorama, parece que el ganador lo será tanto por sus propios méritos como por los errores de sus rivales. José Manuel Fernandes, director del diario lisboeta Público, aseguraba ayer que «ganará quien movilice a más electores, sino el que desmovilice a menos». El escaso tirón de los candidatos del PS y del PSD puede beneficiar a terceros partidos. El periodista Eduardo Dámaso, de Público, vaticina un voto de castigo para los socialistas, pero también para Barroso: «Los portugueses están cansados de los socialistas y desean un cambio; el problema es que no saben a quién votar».