El absurdo de la historia comenzó desde el principio. De hecho, el hombre estaba completamente equivocado de lugar porque, según la Policía probablemente pretendía amenazar a los empleados de la empresa Philips, la cual produce las televisiones que tanto disgustaban al secuestrador. Sin embargo, las oficinas de Philips se mudaron en el verano del 2001 de la Torre Rembrandt a un edificio contiguo -donde, por si acaso, varias decenas de trabajadores de la multinacional electrónica fueron desalojados-. Según datos de la Policía de Amsterdam, el hombre retuvo a unas veinte personas en la planta baja de la Torre Rembrandt, dejando a seis mujeres en libertad sobre las cuatro de la tarde. Un centenar de agentes tomaron posiciones en torno al inmueble, mientras que la circulación de trenes y el metro quedó interrumpida en la estación vecina. El secuestrador, el cual según un portavoz de la Policía «ha dado la impresión de ser un hombre totalmente trastornado», terminó por pegarse, sobre las cuatro y media de la tarde, dos tiros en la cabeza en uno de los lavabos, acabando de este modo con su vida y poniendo un final trágico a una historia absurda de terror.