EE UU acomete el mayor despliegue militar de su historia para combatir el terrorismo

La Voz

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George Bush ha recibido las primeras críticas por su falta de criterio tras ordenar el envío de tropas a Yemen y Georgia No sólo los designios divinos son inescrutables. A ojos de algunas voces críticas, los de George Bush merecen idéntica consideración cuando de valorar su campaña antiterrorista se trata. Tras el 11-S, EE UU ha puesto en marcha el mayor despliegue militar de su historia. Cada día se suceden noticias de nuevos envíos de tropas. A Afganistán se han unido ya Filipinas, Georgia y Yemen como destinos confirmados. Pero, como denunció esta semana el senador demócrata Robert Byrd, «aún no se ve el final». Nadie sabe hasta dónde llegará Bush. Ni a cuántos países enviará soldados para lo que él llama la guerra entre el bien y el mal.

02 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

JAIME MEILÁN NUEVA YORK. Corresponsal Las voces críticas que se han comenzado a oír en los últimos días, encabezadas por la del líder demócrata en el Senado, Tom Daschle, piden a gritos que la Administración establezca y anuncie sus criterios para la campaña. También para medir sus resultados. Hasta ahora, la única contestación específica que se han encontrado es la propuesta para aumentar un 14% el presupuesto del Pentágono, hasta 379.000 millones de dólares (435.000 millones de euros). Bush, por su parte, insiste en deficiones vagas. «Nuestra guerra contra el terror va más allá de una sola persona» (en referencia a Osama Bin Laden); para defender la libertad y proteger a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos debemos sacar a la fuerza al terror de donde quiera que intente esconderse», dijo el viernes. La difusa idea la ha comenzado a aplicar en Filipinas. Unos 600 soldados, incluidos 160 miembros de las Fuerzas Especiales, ya se encuentran allí adiestrando a tropas locales para combatir a Abu Sayyaf en la isla de Basilán. A esta organización se le atribuyen lazos con Al Qaida. Persiguiendo a Al Qaida La mismas conexiones con la red de Bin Laden han sido empleadas para justificar el inminente envío de hasta 200 soldados y diez helicópteros a Georgia. En las gargantas de Pankisi, asegura el Pentágono, se pueden esconder seguidores del saudí que colaboran con los independentistas chechenos, al otro lado de la frontera rusa. Bush informó de que a su homólogo yemení, Alí Abdulah Saleh, «le he dejado claro que en ésto o están con nosotros o no». El líder de Sana optó por lo primero. Los cien soldados americanos que comenzarán a llegar en los próximos días servirán para entrenar al Ejército nacional. Tal vez así avance en la lucha contra las milicias que controlan la región fronteriza con Arabia Saudí. La inteligencia estadounidense sitúa en Yemen al menos a 20 dirigentes de Al Qaida y a numerosos combatientes adiestrados en los campos terroristas de Afganistán. Todo apunta a que la lista de objetivos no se limitará a estos cuatro países. El Pentágono ha comenzado a presionar al Congreso para que levante las restricciones legales que desde 1999 impiden la cooperación militar con Indonesia. Sudán, Malasia y Somalia están también en el punto de mira de Washington. Incluso Argelia ha pedido material y asistencia al Pentágono para combatir a los extremistas. Y la sombra de una ofensiva militar masiva se cierne sobre Irak, aunque en este caso las conexiones de Sadam Husein con Al Qaida brillen por su ausencia. La relación podría ser más extensa. Al menos si se considera, como ha indicado la Casa Blanca, que la presencia de la red de Bin Laden se extiende entre 50 y 60 naciones.