Los males de las etapas de Alfonsín y Cavallo se manifestaron ayer juntos en las calles de Buenos Aires
04 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.El dolor se disparó ayer, en un día de nervios, colas, tensión, crispación y desesperación. Durante todo el día, las colas fueron la constante ante los bancos, sobre todo para cambiar a pesos las deudas asumidas en dólares, a fin de evitar que se incrementen en casi un 30% a partir del lunes. Pero en muchas sucursales afirmaban desconocer esa disposición gubernamental. Once años y dos días después de su puesta en marcha, la convertibilidad, la equivalencia ficticia entre el peso argentino y el dólar, se despidió ayer sin que se cumpliera el vaticinio de su artífice, Domingo Cavallo. El entonces ministro de Economía anunció «sesenta años de prosperidad». Apenas hubo cinco. Como en la posguerra Por ironías del destino económico, el último día de la convertibilidad estuvo marcado por el mal que quería evitar: los salvajes precios en productos básicos que habían acabado con la presidencia de Raúl Alfonsín. María, una emigrante nacida en O Bolo, se encontró ayer en el mercado con que la fruta y la carne registraban subidas de un 20% o más. «Que vou facer, compra-lo imprescindible porque na casa temos que comer e non podemos esperar á devaluación», explicaba indignada. Carmen, otra ourensana, sobrellevó mejor el encarecimiento gracias a los hábitos adquiridos en la posguerra gallega de los años 40. Entonces, en la aldea, aprendió que es bueno almacenar productos básicos si se puede. Algunos familiares se reían de ella en otros tiempos. Ayer pensaron que no era un mal sistema. Pero Carmen atesora porque de momento no le falta el dinero. La mayoría vive al día, por lo que se convirtió en el blanco perfecto de los abusos de los comerciantes. Mala memoria La harina y el pan también registraron las consecuencias de la hiperinflación anticipada. En las tiendas de electrodomésticos desaparecieron los carteles con precios: «Decimos lo que vale en función del producto y del dinero», explicaba un dependiente. Los cartuchos de tinta para impresora se encarecieron ayer en un 40%. Un televisor de 24 pulgadas valía 600 dólares (661 euros). ¿Hace dos días? «Tengo problemas de memoria», contestó el encargado del comercio. El infierno argentino aumenta de temperatura día a día sin que sea fácil escapar, como explica Antonio, natural de Salvaterra de Miño y propietario del restaurante O Toxo: «Estamos atrapados sen saída. Como nos vamos ir se, ademais de ter aqui toda familia, ninguén nos vai compra-los nosos negocios».