EL PATIO DE DOSTUM

La Voz

INTERNACIONAL

LA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO LA MATANZA DE QALAI JANGUI

29 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

l horror bélico queda siempre tatuado en una foto. La Segunda Guerra Mundial es el hongo de Hiroshima y los cuerpos de costillas apilados en Auschwitz. Vietnam es una niña ardiendo, abrasada por el napalm. Afganistán será, seguramente, un avaricioso miliciano de la Alianza arrancando un diente de oro al cadáver de un talibán, masacrado en el fortín-prisión de Qalai Jangui. ¿Qué ocurrió esta semana en la cárcel de Mazar-i-Sharif?, ¿fue un genocidio de presos indefensos o una liza justa contra un grupo de fanáticos suicidas y armados? La verdad se pierde aún en un embrollo de ruido y furia que duró 52 horas, pero emerge un balance dantesco: 450 talibanes muertos (algunos con las manos atadas a la espalda), 40 milicianos de la Alianza caídos en combate y la primera baja USA, un agente de la CIA de 32 años. Tenemos, también, la versión del Pentágono. Victoria Clarke, su portavoz, calificó ayer de «no creíble» una matanza. Y mientras AI y la ONU claman por una investigación, vuelve a titulares la torva estampa del señor de la guerra Abdul Rashid Dostum. La fortaleza de Qalai Jangui fue hasta 1997 la base del general uzbeco. Allí llegó el reportero Ahmed Rashid, autor del libro Los talibanes (Península), que lo ha erigido en gurú de esta guerra. Rashid se asombró ante un charco de sangre y vísceras en el patio. Las hordas de Dostum le explicaron que el general había ordenado que un soldado ladrón fuese triturado por la oruga de un carro de combate. La (fiable) leyenda negra del caudillo habla de otro de sus castigos predilectos: abrir a los reos tirando de sus extremidades con tanques. Dostum, de 47 años, íntimo del scotch, antiguo capataz en un oleoducto ruso, ha sido aliado (y traidor felón después) de soviéticos, rebeldes del norte, nacionalistas, islamistas moderados y fundamentalistas. Ha jugado con todas las barajas del póquer afgano... y siempre con cartas marcadas. A comienzos de los noventa, gobernó en seis provincias del norte y constituyó una suerte de Estado, con capital en Mazar-i-Sharif. Llegó a acuñar moneda, trajo orden y cierto progreso, y pese a su talante sátrapa, fundó una universidad abierta a la mujer. Después, el exilio: a Turquía, barrido por Omar. A comienzos de año regresó. Ahora, una carambola horrenda en el remoto Nueva York lo ha devuelto al centro del teatro. En algunas cancillerías se asustan: «Nunca apostaría mi dinero a Dostum», dice un diplomático anómimo en la prensa inglesa. Pero el general Franks galopa a lomos del caballo loco.