JAIME MEILÁN Corresponsal de La Voz en Nueva York CRÓNICA Al subir al avión anunció: «Estamos en guerra»
26 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.EORGE Bush nunca ha destacado por sus complejidades. «No paso mucho tiempo teorizando o agonizando (en análisis)», dice de sí mismo. Esta confesión es parte de la entrevista que concedió al semanario Newsweek. La primera desde los atentados del 11 de septiembre. Y quizás no haya mejor ejemplo para ilustrar sus palabras que la casi inmediata reacción que tuvo a los atentados. Bush se encontraba en una escuela de Florida, «sentado en medio de una clase llena de niños pequeños, escuchando la historia de un chaval», explica, cuando se enteró de la tragedia. En pocos minutos podía contemplarla en vídeo. «Me puse furioso», dice. Para a continuación, sin mayores reflexiones, adoptar una decisión crucial. Nada más alcanzar el Air Force One, el avión presidencial, anunció a sus colaboradores: «Estamos en guerra. Éso es para lo que nos pagan, chicos». Su clarividencia, sin embargo, no sería de aplicación a lo que restaba de aquella histórica jornada. Bush reveló que cuando logró conectar telefónicamente con su esposa, Laura -la primera dama estaba en el Capitolio- le dijo: «Llegaré pronto a casa». Pero ese «pronto» se transformó en más de ocho horas. El tiempo que llevó al Air Force One a transportalo a Luisiana, Nebraska y, finalmente, Washington. No pudo abrazar a Laura hasta entrar en el búnker de los sótanos de la Casa Blanca conocido como «PEOC» (siglas inglesas para Centro Presidencial de Operaciones de Emergencia). Allí pasó la noche la pareja después de que el Servicio Secreto los sacara -él en zapatillas y pantalón corto- de su dormitorio ante la que resultó ser una falsa alarma, la amenaza de un avión sin identificar que se dirigía contra la residencia presidencial. Bush, dice Newsweek, «está orgulloso de haber declarado la guerra -al menos ante sus asesores- durante el primer día». Sin embargo, Laura -la primera dama se confesó junto a él al semanario- ve con más preocupación el estilo retórico de su marido. Tal fue el caso cuando dijo que quería a Bin Laden «vivo o muerto». Ella pensó que parecía más «un vaquero malhumorado que un estadista». Y se lo dejó saber con humor texano. «¿Bushie, vas a atraparlo?», le preguntó irónicamente.