Obsesionado por matar

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TARIQ MEHMOOD

ADRIÁN MAC LIMAN ANÁLISIS Una carta de Bin Laden evidencia su fijación por asesinar estadounidenses

13 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

L pasado miércoles, un emisario del saudí Osama Bin Laden, principal sospechoso de urdir el ataque terrorista contra Estados Unidos, entregó al mayor y más influyente rotativo paquistaní un mensaje manuscrito del enemigo público número uno, en el que éste niega su participación, directa o indirecta, en los sangrientos atentados contra los intereses estadounidenses. Sin embargo, Bin Laden no disimula su apoyo a los actos terroristas. Más aún: afirma que la oleada de ataques contra el poderío de Norteamérica seguirá, puesto que se trata, según él, de una «reacción legítima de los pueblos oprimidos». La misiva de Bin Laden finaliza con una advertencia: el hombre más buscado por el FBI confiesa no disponer de armamento nuclear (como lo había insinuado, allá por 1998, el ex-presidente Clinton), pero que cuenta entre sus seguidores con numerosos científicos capaces de desarrollar armas químicas y/o biológicas, que el Islam emplearía para defenderse contra el infiel. Una pesadilla No se trata, claro está, de una fanfarronada ni de un mero chantaje. El millonario saudí jamás disimuló su intención de reformar el mundo islámico y de declarar la guerra a Estados Unidos. De hecho, Osama Bin Laden, que se convirtió en auténtica pesadilla de los servicios de seguridad norteamericanos en 1993, tras el atentado fallido contra las torres del World Trade Center de Nueva York, fue el instigador de la Declaración de Guerra Santa contra los Judíos y los Cruzados, rubricada en 23 de febrero de 1998 por los cabecillas de las agrupaciones radicales egipcias Yihad (Ayman al-Zawahir) y Movimiento islámico (Abu-Yasir Rafa''i Ahmed Taha), así como por el Movimiento Yihad de Bangladesh (Fazlul Rahman) y la Comunidad de Ulemas de Pakistán (jeque Mir Hamzah). El documento, relativamente poco conocido en Occidente, hace especial hincapié en el deber de todo buen creyente musulmán de «matar a los americanos y sus aliados -civiles y militares- en cualquier país y cualquier circunstancia (que se preste a ello)..., hasta la liberación de la mezquita de al-Aqsa y la santa mezquita de La Meca». Las razones inducidas son las siguientes: los norteamericanos ocupan los lugares santos del Islam, imponiendo sus leyes, humillando a su pueblo, aterrorizando a los vecinos y convirtiendo la Península Arábiga en punta de lanza para ataques contra otros pueblos musulmanes (en esta caso concreto, contra Irak). Según los autores de la declaración, los objetivos son a la vez políticos y económicos, ya que los cruzados pretenden ante todo apoyar al Estado judío, destruir a Irak y convertir a Arabia Saudí, Egipto y Sudán en débiles y desunidos países fantoches. La Declaración de Guerra Santa alude también a la derrota y la retirada de la totalidad de las tropas americanas (¿aliadas?) de las tierras del Islam, «para acabar de una vez por todas con la represión y restablecer la justicia y la fe en Alá». Estiman los líderes de los movimientos radicales que es un auténtico deber para cualquier musulmán no sólo quitar la vida de los norteamericanos, dondequiera que se hallen, y quedarse con su dinero, sino también lanzar ataques contra las tropas del «Satán» estadounidense y sus aliados y acabar con aquellos que los apoyan. La alusión a los regímenes feudales del Golfo es más que transparente. Finalmente, conviene señalar que varias agrupaciones radicales islámicas de Oriente Medio se adhirieron en los últimos años a esta Declaración de Yihad. Y si la guerra santa ya está servida, no cabe la menor duda de que el «enemigo» también queda claramente designado.