Miles de ciudadanos de a pie y la cúpula política alemana dieron ayer el último adiós a Hannelore Kohl, cuyo suicidio ha hecho reflexionar a sus compatriotas acerca de la soledad y la tragedia personal que a menudo acompaña al poder. La catedral de Espira (oeste de Alemania) rindió homenaje a su primera dama, quien hace una semana se quitó la vida a causa de su desesperado estado de salud. La familia negó permiso a las cámaras en el interior de la catedral. Un Helmut Kohl pálido, de la mano de su hijo menor, Peter, acompañó el féretro de la que durante 41 años fue su esposa y quien, a su muerte, ha adquirido un perfil propio para la opinión pública. Para sus compatriotas, Hannelore fue siempre una «mujer en la sombra» y el prototipo de persona disciplinada, que asume el papel secundario en la vida del gran personaje político. Para la prensa leal a Kohl, Hannelore fue víctima de su enfermedad y de los reveses sufridos por su esposo. Sin embargo, otros diarios han destacado la soledad en que vivió esta mujer, supeditada a un hombre tiránico, centrado en su carrera política.