UN REPRESOR IMPLACABLE

La Voz

INTERNACIONAL

ARANTZA ARÓSTEGUI PERFIL

10 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Su mirada era gélida e implacable. De las que no se olvidan. El general Videla imponía, envuelto en su ropaje militar, que, por entonces, cotizaba alto en la sociedad argentina. De porte introvertido, austero, sólo destacaba por su mirada. El único momento en que se permitió en público expresar euforia fue durante la Copa del Mundial de Fútbol de 1978, que se celebró -y ganó- en Argentina. La celebración apenas pudo ocultar el dolor que atenzaba a gran parte de la sociedad argentina, víctima de una cruenta represión militar. Videla fue ascendido a teniente general y designado comandante en jefe del Ejército, puesto desde el que ideó el golpe de Estado de 1976, que puso fin al Gobierno de Isabel Martínez de Perón y dio comienzo a una de las épocas más negras del país y de toda Latinoamérica. Se inauguró la era del terrorismo de Estado; aniquilar al opositor a cualquier precio fue el lema. Hubo detenciones, secuestros, torturas, ejecuciones extrajudiciales y desaparecidos. Oficialmente, con datos contrastados, 9.000 y, según otras fuentes, hasta 30.000 argentinos desaparecieron y aún hoy se desconoce lo qué ocurrió con la gran mayoría de ellos. Todo tipo de aberraciones fueron consentidas desde el poder. Incluso se llegó a arrojar a presos vivos desde aviones al Mar del Plata. Pero para Videla, los desaparecidos «significan que no están, que no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos...». Años después, lejos de arrepentirse, incluso llegó a pedir el pago de los «servicios prestados» a la nación.