El hombre tranquilo

La Voz

INTERNACIONAL

OFI Annan se convirtió en el séptimo secretario general de Naciones Unidas cuando la organización atravesaba sus momentos más delicados. Patinazos en misiones de los cascos azules, crisis económica y, lo que es aún más importante, una guerra abierta con el Congreso y la Administración de Estados Unidos marcaban los días hace un lustro. Annan es considerado el máximo responsable de la transformación interna que vive la ONU. De haber liberado -con ideas nuevas y gestos conciliadores- a la organización del piloto automático con el que navegaba hasta que asumió el cargo. Las cuentas se han ido equilibrando. La burocracia se ha visto reducida. Y los informes negativos sobre operaciones de paz brillan por su ausencia. Gobierno mundial Además, las relaciones con Washington han mejorado sustancialmente. William Luers, presidente de la principal ONG norteamericana de apoyo a la ONU, la Asociación de Estados Unidos para Naciones Unidas, destaca que la clave es el mensaje que Annan ha logrado transmitir en sus repetidas visitas al Congreso: «La ONU no es un Gobierno mundial. Es una organización que trata de coordinar el trabajo de todos los que tienen que trabajar juntos». Pero si el mensaje ha sido clave, no lo han sido menos los modos abrazados por el ghanés. Annan es alguien que ha hecho de la cortesía su bandera, que nunca eleva su cálido tono de voz, ni jamás da muestras de irritación. Si tuviera raíces irlandesas, el secretario general podría haber inspirado El hombre tranquilo que recreó John Ford. Annan, de 63 años, se educó universitariamente en Estados Unidos, hasta obtener en 1972 un master de gestión en el pretigioso Instituto de Tecnología de Massachussets. Habilidad Su carrera se ha desarrollado casi totalmente en el seno de la ONU. Entró en los años 70, a través de la oficina de presupuestos de la Organización Mundial de la Salud, y desde entonces no ha abandonado Naciones Unidas. Pocos conocen como él sus entresijos. El ghanés impresiona por su habilidad para construir puentes entre los países desarrollados y el Tercer Mundo. También por defender agresivamente los derechos humanos, incluso si el precio es la merma de soberanía nacional.