El naufragio del submarino de última generación «Kursk» supuso una tragedia popular y una vergüenza para el Kremlin El sumergible de última generación Kursk, de 154 metros de eslora, cinco pisos de altura y capacidad para 24 misiles nucleares, se hundió por causas aún desconocidas el 12 de agosto en el mar de Barents, cuando participaba en unas maniobras militares.
21 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Moscú informó de la tragedia dos días más tarde, sólo después de que varios gobiernos occidentales comunicaran una sucesión de explosiones en aguas árticas. Los titubeos y contradicciones entre el Kremlin y la Armada cobraron mayor relevancia cuando Putin decidió permanecer de vacaciones en el mar Negro a pesar de la magnitud del desastre. Sin medios Los primeros intentos de rescate fueron un rotundo fracaso y revelaron que la flota rusa no disponía de medios para salvar a los tripulantes. Y a pesar de la falta de recursos, el secretario del Consejo de Seguridad y mano derecha de Putin, Serguéi Ivanov, rechazó la ayuda brindada por EE UU. La asistencia internacional sólo se aceptó cien horas después del hundimiento, cuando ya era innecesaria. Los buceadores noruegos y británicos sólo corroboraron la muerte de todos los tripulantes. Más tarde se comprobó que no todos los marinos murieron en los primeros instantes. Una veintena sobrevivió un número indeterminado de horas. Durante «diez días que conmovieron a Rusia», como algún periódico parafraseó a John Reed sobre la revolución de 1917, Putin perdió su popularidad ganada con la guerra de Chechenia y con su lucha por la centralización del poder. El presidente regresó a Moscú seis días después del accidente, cuando su reputación se había hundido junto al submarino. La agria polémica se avivó con la decisión de intentar recuperar contrarreloj los cadáveres de los 118 tripulantes. Fue finalmente una empresa de Dallas la encargada de las millonarias operaciones de rescate con buzos británicos, noruegos y rusos a bordo del buque-plataforma Regalia. El equipo accedió a varias de las diez secciones del Kursk, pero sólo pudo rescatar los cuerpos de doce de los 26 marineros hacinados en el noveno, donde se refugiaron en los primeros instantes del naufragio. La carta hallada en uno de los cuerpos demostró además que habían sufrido una interminable agonía mientras esperaban la ayuda que nunca llegó. Justo después de acceder al compartimento que guardaba los secretos del Kursk, se decidió concluir el rescate. Ahora, sólo queda esperar a que otra operación internacional (estimada en 15.000 millones de pesetas) reflote el submarino en el 2001, decisión imperiosa por los informes de posibles fugas radiactivas. Sobre este respecto sigue el secretismo oficial, al igual que sobre las causas del naufragio, que Moscú se empeña en atribuir al choque con un sumergible extranjero, con acusaciones que recuerdan la guerra fría. En Occidente se rechaza esta hipótesis y se apuesta por la versión de que el Kursk fue alcanzado por fuego amigo o por un fallo en sus sistemas que hizo explotar los torpedos.