De alcalde a asesino

Un «atentado sensacional por la persona que lo cometió y las circunstancias descabelladas que en el mismo concurrieron» conmociona a Ourense


Redacción / la Voz

«Sigamos nuestra marcha [...] por el recto camino del derecho y la justicia». En algún momento debió de torcerse para Cándido Cerreda ese camino del que el empresario y exalcalde republicano de Ourense hablaba durante un acto de su partido en 1882. Tenía algunos años más el día que se plantó en Ceboliño, aldea de su municipio, escopeta en mano a lo far west.

«Ya por la tarde, entre dos luces -relataba el corresponsal de La Voz en la edición del 19 de abril de 1906-, se hallaban Tomás Suárez y su amigo Manuel Santos, alias Mazacuco, a la puerta de la casa de Dolores Agromayor, joven agraciada y huérfana, cuando apareció en la calle el conocido dueño del taller de ebanistería establecido en la calle del Progreso de esta ciudad, don Cándido Cerreda». Fue acercándose parsimonioso y finalmente exclamó: «¡Alto, al que se mueva lo mato!». Al momento, «apoyó el cañón en el vientre del Manuel, el que, agarrándose [...], trató de desviarlo, y al levantarlo un poco sonó un disparo, cayendo el infeliz Santos con el pecho ensangrentado».

Mientras el compañero del herido corría a buscar ayuda, Cerreda desapareció. Las autoridades lo encontraron esa misma noche «acostado en una casa de su propiedad», donde «se incautó la Guardia Civil de una escopeta de fuego central, de un cañón». El médico que atendió a Mazacuco «le apreció una extensa herida, con cremación de los tejidos externos, en el costado derecho, y, a juicio del facultativo, interesó el pulmón izquierdo, el diafragma y alguna otra víscera importante». Se le hizo una cura, «dándole tres puntos de sutura», pero «no pudo ser conducido al hospital [...], por el estado de suma gravedad». Murió a las ocho de la mañana.

A Cerreda se le impuso una fianza de 10.000 pesetas, pero el exalcalde, «en un estado de abatimiento tan grande como peligroso, dada su avanzada edad», se negó a abandonar la celda «ni un solo instante».

En los días siguientes empezarían a encajar las piezas. «El atentado sangriento ocurrido en Cebollino es indudable que ha reconocido por causa principal el interés amoroso que don Cándido Cerreda sentía por Dolores Agromayor, de la cual antes de ahora, se cuenta, había conseguido un fruto, no muy de bendición», detallaba José P. González, a quien La Voz encomendó el seguimiento del caso. Consideraba el periodista que «la joven de Cebollino debió de reconocer su error grande, de estar ligada de modo incorrecto a un hombre de 74 años, y se enamoró del joven Manuel Santos, cosa más propia y sobradamente puesta en razón».

Culto ferviente al dios Cupido

No habían tenido en cuenta los muchachos que Cerreda era «hombre de carácter rudo, violento, absorbente y provocativo, muy dado a las amenazas», que, «ofuscado por la pasión, debió de germinar en su cerebro algo diabólico», que «rendía culto ferviente, a pesar de sus 74 eneros, al dios Cupido», que «en su influjo amatorio tenía fe viva», que, «alucinado sin duda por recientes discursos y consejos acerca del amor libre, se encendió su corazón en ese fuego más abrasador que el del Vesubio, y armó un belén, el belén del cual no le sacan ahora tan fácilmente sus doctrinas y sus ideales».

El juicio por este «atentado sensacional por la persona que lo cometió y las circunstancias descabelladas que en el mismo concurrieron» se celebró en febrero del año siguiente. «El jurado, después de larga deliberación, condenó al procesado [...] a 14 años y 8 meses de presidio y 4.000 pesetas de indemnización a la madre de la víctima».

La última vez que el nombre de Cándido Cerreda apareció en el periódico fue un par de años más tarde, en una sección habitual en la época: «Los que mueren». El único dato era que el fallecimiento se había producido en Ribadavia.

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