La noticia más esperada de la historia

A las 11 horas del día 11 del mes 11, se cumplieron cien años de la entrada en vigor del armisticio que detuvo la peor guerra que había conocido la humanidad


Redacción / la Voz

«Se ha hecho pública, causando una enorme sensación en todo el mundo, la siguiente orden del alto mando francés: ‘‘El mariscal Foch a todos los generales de los ejércitos aliados [...]: A partir de las once de la mañana de hoy, hora oficial de París, cesarán las hostilidades en todos los frentes’’». Así contaba La Voz la suspensión de los combates entre los aliados y Alemania. El fin, de facto, de la Gran Guerra, después de diez millones de muertos, según los cálculos más optimistas.

La firma del armisticio «fue anunciada [...] en París mediante el disparo de 101 cañonazos», y en casi todos los países se acogió con júbilo. En España, «las gentes arrebataban [los periódicos] de la mano de los vendedores». En Madrid «se permitió la salida de los alumnos de las escuelas, festejando así el advenimiento de la paz». En San Sebastián, los vecinos se enteraron cuando «las campanas de todas las iglesias de Hendaya fueron echadas a vuelo», y acto seguido empezaron a cruzar la frontera «comisiones a buscar bandas de música».

La alegría culminaba varios días en los que se barruntaba la noticia más esperada de la historia, durante los que el periódico abría su primera página con el titular «En vísperas de la paz». El sábado 9 de noviembre decía: «Al fin la paz. El armisticio, acaso ya firmado, le abre las puertas, y en breve aparecerá triunfando sobre el mundo, que durante cuatro años y tres meses (siglos de cruento sacrificio, de pasión dolorosa en todos los pueblos) sufrió su ausencia. Con verdadera emoción, el corazón aliviado del enorme peso de esta larga y horrible pesadilla de hecatombes y martirios lentos y agudos, soportada por la humanidad como nunca a través de su historia, recibirá cada ciudadano la noticia gratísima [...]. Cesa el cañón en su labor destructora, que arruinó ciudades por docenas y quebrantó recuerdos sagrados que la religión y el arte legaran de los antiguos tiempos, tenidos por inciviles».

La cuenta de las ruinas

En su primera crónica tras el cese de las hostilidades, el corresponsal de La Voz en París, Bartolomé Calderón, empieza a analizar «el coste de la guerra y la cuenta de sus ruinas». Explica que, de «cuarenta y ocho meses de guerra, resultan elevarse los gastos a 875.000 millones de pesetas. La enormidad de esta cifra se nota más particularmente si al lado se coloca la de la fortuna pública y privada de Inglaterra, Alemania, Francia e Italia, que juntas no suma más que 1.275.000 millones de pesetas; es decir, que estas naciones han gastado en la guerra cerca del 70 por 100 del valor de todas sus riquezas nacionales».

Para él hay una cuestión, en especial, que «hace temblar solo pensar en ella: ¿Cómo y quién pagará los estragos?». Porque, aventura, si «los gastos de guerra cuestan a Alemania ya más de 200.000 millones, es decir, más de 10.000 millones de pesetas anuales solo de intereses, el pago de tal cuenta no ha de obtenerse seguramente con facilidad».

Paz de aniquilamiento

Pese a lo que insinuaba Calderón, había la esperanza ingenua de que aquella pira monstruosa sirviese de lección. No fue así. En lugar de echar agua sobre los rescoldos, el revanchismo serviría para reavivarlos. En Alemania, la prensa no tardó en advertirlo: «No puede hablarse ya de paz de violencia, pues se trata más bien de una paz de aniquilamiento». Una guerra mundial no le bastaría al mundo para aceptar un principio que Churchill, en la moraleja de su obra cumbre, recogería con cuatro palabras: «En la victoria, magnanimidad». Lo peor estaba por llegar.

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