En el corredor de la muerte

Tras ser condenado por asesinato, Andrés Santalla, vecino de Cerdido, espera en la cárcel a que le llegue la hora del garrote o la gracia de la reina. La Voz lo visita


Redacción / la Voz

Andrés Santalla aguarda en su celda. «Conocen los lectores el delito cometido por este desgraciado y la pena que le fue impuesta», dice La Voz un par de días después de dictada la sentencia. Lo que espera el reo, vecino de Cerdido, es el indulto o el garrote. «Ayer fuimos a verlo a la cárcel. Estaba encerrado en un calabozo, con las precauciones que acostumbran a guardarse con los sentenciados a la pena capital. Su actitud era de profundo abatimiento; su casi absoluta inmovilidad demostraba que una tremenda angustia lo dominaba. Procuramos animarle con la esperanza de que el recurso de casación o [...] la reina le librarían de la ejecución».

Durante la entrevista habla «de su pobre madre, de quien se despidió [...] para no volverla a ver más». «Salimos de la cárcel impresionados con la vista de aquel muchacho a quien amenaza, si no una muerte en garrote, la triste vida sin libertad».

El proceso

Santalla es culpable de haber matado de un tiro a un molinero, vecino suyo, «desde fuera del molino, introduciendo el cañón del arma por una ventanita». Otros dos hombres, procesados como cómplices, han sido absueltos.

En el juicio, «unos veinte testigos comparecieron a declarar. No hay ninguno que haya presenciado el crimen, pero algunos de ellos, presentados por la acusación, hicieron, sin embargo, muy graves cargos». «Estuvieron casi unánimes todos en manifestar que Santalla era el terror de la aldea. Pendenciero y amigo de quimeras y alborotos, todos le temían». Y «por lo general, contestando a preguntas de la presidencia, dijeron que ‘‘por la voz del mundo’’, por ‘‘rumor del pueblo’’, etcétera, se decía que era el matador».

El fiscal, que en la primera sesión había solicitado cadena perpetua, en sus conclusiones «calificó el hecho de autos de asesinato, en el cual además de la circunstancia determinante de alevosía concurrían [...] las circunstancias genéricas de agravación, de premeditación conocida, nocturnidad y reincidencia». Eso, pese a que «en este proceso no había ningún testigo presencial del asesinato» y el ministerio público «tuvo que limitarse» a una «prueba indiciaria».

El defensor intentó desmontarla y advirtió: «Aquí, señores jurados, se juega la vida de este hombre». Tras lo que «el presidente lo interrumpió con un campanillazo, y por haberse permitido dar a conocer [...] la pena que podía ser impuesta a Santalla, se le aplicó la multa de 25 pesetas».

El jurado deliberó poco más de media hora. «Al oír el veredicto hubo entre el público algo así como un gemido de angustia. El procesado Santalla se puso densamente pálido y prorrumpió en sollozos cogiéndose la cabeza con ambas manos» antes de oír cómo se le imponía «la pena de muerte en garrote».

Campaña por la conmutación

Cinco meses después, «entablado recurso de casación [...], el Tribunal Supremo desestima las pretensiones del infortunado», lo que, sin embargo, despierta «un hermoso movimiento de caridad [...]. Autoridades, corporaciones y sociedades de recreo dirigen telegramas a la reina y al Gobierno solicitando el indulto».

La Voz se une al clamor. «No es necesario acudir a lugares comunes, tocando resortes del corazón, para hacer vibrar las fibras del sentimiento, trayendo a colación la agonía de unos padres y las lágrimas de todo un pueblo, ante los gemidos de un ajusticiado [...]. La misma ley que inexorablemente le ha aplicado la pena de muerte, recomienda la conmutación del más horrendo de los castigos, por razones de equidad». Además, «no huelga [...] recordar que Andrés Santalla Rico no ha sido condenado por prueba plena [...], sino por simple prueba indiciaria», lo que «dista mucho de ser suficiente para la ejecución del terrible fallo [...]. Unámonos todos y ojalá que, con la conciencia satisfecha, podamos decir dentro de pocos días: ‘‘¡Tampoco se levantará esta vez el patíbulo en Galicia!’’».

La campaña da resultado. En agosto de 1899, Andrés Santalla es «destinado al presidio de Alhucemas» para cumplir una condena a cadena perpetua.

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