No quisiera ofender la cultura de los lectores explicándoles lo que es el Chianti. Pero como puede haber quien lo ignore, debo decir que se trata de uno de los vinos más eminentes. Por lo general nace en Italia. Es tinto, y suele alcanzar grandes precios.
Ayer, en un restaurant distinguido de Madrid, hemos cenado juntos varios gallegos. Uno de ellos, que está deseando ilustrarse respecto a todas las grandes cosas del mundo, vio el Chianti en la lista de vinos y decidió probarlo.
-Es caro -dijo- pero debe ser una cosa buena. Yo he oído muchos elogios acerca de él.
La botella estaba al poco sobre la mesa con su envoltura de hojas de maíz. Esta nota campestre agradó mucho. El vino, desde tal momento, se hizo ya simpático. Traía a aquella reunión de gallegos un ambiente de aldea en tiempo de siegas.
Inmediatamente un hombre de frac acercóse a quitarle el corcho. Vertió el vino en las copas. El que lo había solicitado levantó la suya para contemplarlo a la luz. Creo que habló entonces de los rubíes fundidos o de algo así. Pero cuando llevó la copa a los labios vi nublarse aquella faz con una indignación tremenda.
-¿Qué ocurre? ¿No te gusta?
-¡Lo que no me gusta, lo que no toleraré de manera alguna, es que me roben! ¡Esto no es Chianti!
-¿Que no es Chianti?
-No. Es Rivero, un buen Rivero y nada más.
Iba a llamar al mozo, a armar un escándalo. ¡Ocho o diez pesetas por dos cuartillos escasos de vino del Rivero, no las pagaba él ni consentía que nadie las pagase! Además, aquello adoptaba todas las apariencias de una burla, una inmensa y terrible burla sugerida por nuestro acento. Nos creían incapaces de apreciar un vino ilustre...
Pero el más autorizado catador de todos nosotros probó la bebida y aseguró con firmeza que positivamente era Chianti. Entonces el hombre de la indignación tuvo casi una alegría.
-¿Pero el Chianti es así? ¿Es siempre así?
-Siempre.
Y es. Sólo al cabo de largos y laboriosos estudios se encontrarían las diferencias que seguramente tendrá con el buen Rivero. Mientras tanto, los dos vinos pueden distinguirse apenas por la botella, por el nombre y por el precio. Todo lo demás es igual: el color, la transparencia, la fragancia, el gusto...
Mi amigo acabó por regocijarse plenamente. Desde ahora ya podrá beber cuando quiera, con tal que el precio no le importe, un vaso del vino que más le gusta. Y recordó entonces que por algo los antiguos emperadores de Roma, cuando aún no tenían Chianti, llevaban a sus banquetes vinos nacidos en Galicia. Plinio, según él, habla ya del Amandi al mismo tiempo que del Falerno.
Pero a mí estas palabras me preocuparon un poco. Si el vino gallego obtenía tales éxitos en la antigüedad, ¿cómo decayó tanto? ¿Cómo, mientras su hermano en carácter, triunfa al través de todo el mundo, sólo puede aspirar a la aceptación resignada de quienes nacieron junto a las vides que lo producen? Esto merece indudablemente alguna atención por parte de las personas a quienes interesa el progreso de Galicia y sobre todo de los cosecheros gallegos.
Aquéllas suelen decir tranquilamente, como aludiendo a una desgracia inevitable, que «el vino gallego es un vinagre inmundo». Aparte de que no dicen verdad, restan a la región un importante elemento de simpatía porque nada habla tanto en favor de una tierra como la excelencia de sus productos. Y si producto es el hombre, producto también es el vino. Mal hacen, pues, en hablar así. Pero hacen peor los cosecheros gallegos al desdeñar la psicología de su vino y dejar que éste casi se haga solo. Porque, diciendo toda la verdad, el Chianti que ayer hemos bebido era Rivero. Pero un Rivero tan perfecto que sólo muy de tarde en tarde se encuentra en Galicia.