¿Feminismo o humanitarismo?

Miguel Romera Navarro, «un luchador incipiente», presenta a sus 23 años un libro en defensa de la igualdad, «algo exótico en España y no recibido con buen talante»


Redacción / la Voz

Suele decirse que no se pueden mirar con ojos de hoy hechos e ideas de ayer. Hasta que nos damos de bruces con personas como Miguel Romera Navarro y Violeta para que nos desmonten la teoría. Al menos en parte. Lo suficiente para admirarnos. Romera Navarro, filólogo y jurista almeriense, publicó en 1909, con solo 23 años y prácticamente recién licenciado, Filosofía feminista. Violeta es el seudónimo con el que se firmó en La Voz la crítica del libro, que concluía: «Es de los que se leen, de los que se releen para enseñanza y deleite».

¿Qué contenía la obra para despertar tanta simpatía? Era, en esencia, una refutación a La inferioridad mental de la mujer, ensayo en el que el psiquiatra alemán Paul Moebius trataba de convencer al mundo, en campo ya abonado, de que las mujeres eran imbéciles. La hipótesis de Romera, por su parte, consistía en que el imbécil era él. Sostenía que las diferencias fisiológicas en absoluto suponían diferencias intelectuales y que, ni mucho menos, podían justificar la desigualdad entre sexos. «Algo exótico en España y no recibido con buen talante ni con gran confianza en sus beneficios», reconocía Violeta en su valoración.

La crítica se rendía a «un luchador incipiente en literarias contiendas» que se presentaba «con gentil denuedo ante la opinión». Porque «sin prejuicios, con perfecta serenidad y soberana lógica, afirma lo que es incidental y no sustancial, lo que es producto del medio y no insuficiencia orgánica; destruye los falsos argumentos que se oponen a la liberación de la mujer y anuncia los notables beneficios de su emancipación». «Con hechos puntualizados -añadía- nos habla de las mujeres que realizaron obras meritísimas, de gran importancia y utilidad para los adelantos de las ciencias y para el humano bienestar».

Al año siguiente, Miguel Romera publicó Feminismo jurídico, donde desnudaba un sistema capaz de imponer a una mujer sanciones mayores que a un hombre por el mismo delito, cuando, paradójicamente, le concedía a ella menos derechos. Se casó con Victoria Villacastín, hija de un magistrado de la Audiencia de A Coruña, y se marchó a Estados Unidos. Allí fue catedrático de Lengua y Literatura Española en la Universidad de Pensilvania. Con frecuencia pasaba en Galicia sus vacaciones, que en alguna ocasión aprovechó para ofrecer conferencias.

La persona tras el seudónimo

Pero ¿quién era Violeta? El seudónimo es bien conocido en la prensa española de principios de siglo. Detrás de él está Consuelo Álvarez Pool, una barcelonesa que con 17 años, consciente de que la independencia económica era indispensable para la emancipación, aprobó el examen de ingreso en el Cuerpo de Telégrafos. Las necesidades económicas de su familia la llevaron a un matrimonio infeliz. Harta, recogió sus bártulos, agarró a sus hijos y plantó a su marido. Aprovechó su talento literario para hacerse periodista y defender la igualdad desde los cientos de columnas que escribió en diarios sobre todo madrileños. Su activismo la llevaría, durante el franquismo, ante el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo.

En su crítica a Filosofía feminista para La Voz, citaba a Montesquieu: «Entre los hombres y las mujeres, las fuerzas serían iguales si lo fuese también la enseñanza. Hagamos la prueba con los talentos no modificados por la educación, y entonces veremos si somos tan fuertes». Y explicaba qué era para ella el feminismo: «¡Feminismo! Impropiamente se ha calificado así la evolución sociológica que tiende a dignificar a la mujer personalizándola, individualizándola, permitiéndole conquistar su libertad económica, base de todas sus libertades. Humanitarismo es el verdadero calificativo de ese problema suscitado por el lógico despertar de la conciencia femenina a la sacudida enérgica de los acontecimientos que el transcurso del tiempo precipita».

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