Correspondencia en sobres de cristal

La gallega es la costa de las botellas mensajeras, que han anunciado naufragios, han propiciado amistades y en ocasiones hasta han sido usadas de forma perversa

A la izquierda, el niño estadounidense Paul von Rosenstiel, en el instante en que lanzó una botella al mar desde el trasatlántico Ascania. A la derecha, el pesquero gallego Adela Roibal, cuya tripulación la halló
A la izquierda, el niño estadounidense Paul von Rosenstiel, en el instante en que lanzó una botella al mar desde el trasatlántico Ascania. A la derecha, el pesquero gallego Adela Roibal, cuya tripulación la halló

Redacción / la Voz

Desde 1882, el mar ha arrastrado incontables botellas mensajeras hasta las páginas del periódico. Hace siete días, una varó en esta última con las palabras de un marinero que la Gran Guerra llevó al fondo del Atlántico. Estaban escritas en «una pequeña hoja de papel perteneciente a un cuaderno de apuntaciones» que el infortunado confió a las aguas.

Era solo una de tantas historias que en La Voz se recogían más o menos así: «El viernes fue hallada en la ría de El Ferrol una botella en cuyo interior se guardaba un papel firmado por el capitán del vapor Adolfo, anunciando la pérdida del buque y de su tripulación. Este naufragio ocurrió hace un año». Es decir, en 1894.

La mayor parte de las veces se trataba de tragedias reales, pese a que hubo también un puñado de cartas falsas, fruto de simples travesuras o de maldades calculadas y perversas. Como cuando «un marinero de Tirán» localizó una de las botellas de marras. El papel que contenía decía: «A 49° de latitud y 25 de longitud norte se perdió el Caroline. Yo, el capitán Botner». Aquel vapor se esperaba en Vigo, con «un cargamento de bacalao para el comerciante [...] don Juan Tapias». Pero estaba claro que se trataba de «una pesada broma, por cuanto no se conoce la longitud norte, ni hay marino que escriba en tal forma la situación de un buque [...]. ¡Lástima y grande es que no puedan ser cogidos los autores de tales gracias!».

Por suerte, los mensajes embotellados han protagonizado también asuntos menos graves e incluso han aportado su humilde contribución a la ciencia. En 1885, el príncipe heredero de Mónaco se embarcó en una «expedición con su yat Hyrondelle al norte de las islas Azores, con el propósito de arrojar al mar una serie de botellas lacradas [...], a fin de que el hallazgo de estos objetos suministrase datos para apreciar la fuerza y dirección de las corrientes oceánicas». Pues pasado casi un año fue recogida «en la playa de Carnota [...] una de estas», con el «documento correspondiente, perfectamente conservado», escrito «en nueve idiomas».

A Mesina por error

Que las botellas tirasen para donde al mar le viniese en gana beneficiaba al príncipe monegasco en su tarea. No así a otros lanzadores. En 1964, dos muchachos de Mesina (Sicilia) descubrieron «en el acantilado una botella, en cuyo interior había cigarrillos y dos cartas». Una, sin interés para el caso. «La otra tenía por destinataria a una tal Pilar Locse Ramírez, residente en La Coruña (España), en la plaza de Orense, número 10».

Por eso no era rara la «súplica al hallador», para que reenviase el mensaje, tal como pidieron en 1901 «unos jóvenes de buen humor que salieron de Vivero a bordo de un balandro, no se sabe con qué rumbo, y que arrojaron la botella a la altura de la Estaca de Bares. En el documento se dice que aquel que lo encuentre dé aviso al señor Pla, residente en Vivero [...], del buen estado de salud de los tripulantes».

Pero la botella más habitual es la que incluye las señas de quien la abandona a su suerte y se sienta a esperar hasta hacer un amigo. Varios meses antes de la noticia de Italia, el periódico publicaba una de estas historias. El pesquero coruñés Adela Roibal «recogía una botella flotante [...]. Llevaba una nota ya borrosa por la humedad, pero legible [...]. La firmaba Pablo von Rosenstiel», que viajaba con su familia a bordo del trasatlántico Ascania «en periplo turístico iniciado en Filadelfia». El crío y sus hermanos arrojaron al mar tres cuartillas en las que «invitaban a quienes hallasen las botellas a que enviasen una postal a la dirección de los Von Rosenstiel» en Estados Unidos.

Fue el armador del pesquero, Joaquín Moyano, quien respondió: «La familia Moyano tendrá un gran placer si usted incluye en su itinerario La Coruña en el caso de que vuelva a Europa». De esta forma, «la infantil aventura culmina felizmente».

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