Curado por la carne de los enfermeros

Á. M. Castiñeira REDACCIÓN / LA VOZ

HEMEROTECA

Manuel estaba desahuciado cuando la gangrena devoró su pecho, pero la «conducta admirable» de dos sanitarios y un «prodigioso» injerto de piel obraron el milagro

25 nov 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Contaba ayer La Voz en la sección de Sociedad el milagro de Franck, que logró reponerse de quemaduras en el 95 % de su cuerpo gracias a un trasplante de piel de su gemelo Eric en el hospital parisino de Saint Louis. La generosidad del hermano fue similar a la que otro hermano, fray Diego, para con una niña burgalesa a la que el fuego dejó una gran llaga en su cuerpo. Fue en 1905.

El «ejemplo de heroicidad» del monje capuchino consistió en dejarse arrancar 24 pedazos de piel de un costado para que los médicos se los implantasen a la pequeña. Tuvo que ser él quien convenciese a los cirujanos, con aplastante argumento. «Voy a las misiones extranjeras. Quién sabe si habré un día de padecer martirio. Voy a probar si tendré bastante valor», les dijo. Valor tenía que haber, porque lo que no había era anestesia. «A la vigésima cuarta incisión notó el practicante que el padre ya no tenía pulso y cesó la operación». Pero fue suficiente. La niña se salvó y el monje, aunque hizo jurar que no se desvelaría su nombre, acabó famoso y condecorado.

La noticia asombró al país entero. «Tratábase, al parecer, de un caso nuevo, único». Pero la revolución médica no era tal. Días después, un redactor de La Voz recibió una carta. Le advertía que años atrás se había llevado a cabo en Galicia una intervención similar, aunque de mayor complejidad. El informador prefería mantenerse en el anonimato. Eso sí, ponía sobre la pista: «La Coruña», «Hospital Militar», «señor Magdalena».

«Movidos de explicable curiosidad, hemos procurado contrastar las referencias», explicaba el periodista encargado de investigar el caso, que se remontaba a 1900. «La noticia es exacta. La cura, dificilísima, casi prodigiosa», decía.

«Carnicería espantable»

El cirujano que había llevado a cabo la intervención era, en efecto, el médico militar Francisco Magdalena Murias, de 47 años por aquel entonces. Las había visto de todos los colores: había sido médico del Batallón de Cazadores de Reus y había estado en Cuba en 1895. En 1912 sería nombrado director del nuevo Hospital Militar de Vigo y ese mismo año asumiría el mando del de Melilla, donde se haría acreedor de una cruz de segunda clase del Mérito Militar, con distintivo rojo. Antes de retirarse, alcanzaría el grado de teniente coronel.

El enfermo era Manuel Bascoy Barreiro, «soldado del Regimiento de Caballería de Galicia [...]. Tenía entonces 21 años». Padecía «una caries dentaria en dos muelas inferiores del lado derecho que le provocaban frecuentes odontalgias». Su mal derivó en un «flemón gangrenoso» que se desplazó al cuello y al tórax, lo que «dio lugar a consejo de médicos y a que se adoptasen enérgicas medidas. Fue tremenda la brecha que el bisturí abrió en el pecho del pobre soldado para evitar la propagación de la gangrena [...]. La herida era horrible; la carnicería, espantable; el olor, nauseabundo».

De todos modos, la enfermedad siguió avanzando. Decía el doctor: «Conceptúo difícil [...] forjarse en la mente un proceso tan destructor, de más rápida invasión».

Entonces, «¿cómo pudo salvarse Bascoy? ¿De qué modo ayudó el médico al proceso restaurador de la naturaleza? Aquí aparece la simpática figura de los dos oscuros, de los dos modestos, de los dos abnegados sanitarios, enfermeros del hospital, que [...] sin que nadie pensase en someterlos al cruento sacrificio, ofrecieron generosamente sus cuerpos jóvenes, sanos, robustos, para que el bisturí del cirujano extrajese cuantos injertos de piel fuesen necesarios». Se llamaban Domingo Rodríguez y Jesús Maceiras.