Artefactos imposibles en la platea

El «conjunto de caperuzas, alas, plumas, pájaros, flores e increíbles perifollos» que pueblan los teatros encienden una «batallona cuestión»: ¿Sombrero sí o sombrero no?


Redacción / la Voz

En la primera belle époque, tiempo de modas voluminosas, los sombreros alborotan los teatros. No los tres de copa de Mihura ni el de tres picos de Falla -aún ni en proyecto-, sino los que no dejan ver el escenario. Campan por las plateas, enredando más que la novela de Pedro Antonio de Alarcón. En teoría, el agravio tiene sencilla reparación: «En Barcelona, las señoras han adoptado la costumbre de quitarse el sombrero en el teatro. Es una costumbre plausible y que debe generalizarse en beneficio de los espectadores». Pero en la práctica...

Es cuestión controvertida, «y ¡per la Madonna! que vale insistir en ella». Los tocados despiertan «comentarios no muy piadosos, y hasta dicterios e imprecaciones». «Los sombreros deben desaparecer como tocado femenino para teatro», porque «el pagano concurrente, masculino o femenino, que se forja la ilusión de ser espectador [...], sale defraudado en sus esperanzas, y si la galantería no lo vedase, era cosa de pedir indemnización».

Como el tema está candente, Justo Pérez carga en La Voz contra el «abigarrado conjunto de caperuzas, cintas, alas, plumas, pájaros, flores y otros increíbles perifollos [que] impiden la visión y nos dejan ayunos de lo que pasa en el escenario». El comentarista reproduce una ilustrativa conversación entre dos espectadores:

«Aburrido de no ver después de haber estirado el cuello en todas direcciones, interroga al vecino de la derecha:

»-¿Qué hacen ahora? ¿Qué hacen?

»El vecino, que también estira el cuello, contesta amablemente:

»-Ahora él se desabrocha y saca un frasquito y ella bebe un... ¡demonio!

»-¿Cómo demonio?

»-No, hombre, es que había conseguido un resquicio y me lo acaban de tapar».

Opinan los lectores

Se impone un debate, y Pérez ofrece su columna a los lectores «para emitir las opiniones que quieran en abono o en contra del sombrero en el teatro», y jura «con la mano puesta sobre un sombrero... de copa, insertar toda clase de opiniones tal como ellas vengan».

La invitación es un éxito. «Varias amigas que estamos conformes con algunas de sus apreciaciones sobre el uso del sombrero en el teatro -dice una carta- nos proponemos no desaprovechar la primera oportunidad de desterrarlo de las butacas. También nosotras hemos sufrido las consecuencias». «Aquello es intolerable», se queja un lector. «Si tanto les molesta el sombrero [...], que nos lo prohíban. ¡Que se atrevan!», reta otra. Una argumenta con un agravio comparativo: «Muy bonita la idea, pero... ¿no podría usted también decirles a ellos que no fumen?». Finalmente, una defensora de la moda se muestra contundente: «¡Si querrán ustedes que llevemos al teatro una fallita, como nuestras abuelas! Que se les quite a ustedes eso de la cabeza, que a nosotras tampoco se nos quita lo otro, el sombrero».

La polémica va para años. Cambia el siglo y tercian en ella hasta los diputados. Recoge La Voz en un suelto que un diario madrileño «publica una carta del señor Silvela y otra del señor Lerroux. Ambos condenan dicho artefacto». Y en una sesión matinal en las Cortes, «el señor Franco combate latamente, causando el regocijo de la Cámara, la prohibición de que las señoras lleven sombreros al teatro».

En 1903, el día en que comienza la temporada de invierno en Galicia, es noticia «el sensacional e inusitado pugilato que en Madrid se entabló entre el elemento femenino y el gobernador civil, empeñado este en desterrar del patio de butacas los sombreros mujeriles», y se da por sentado que estos volverán «a ejercer su obstruccionista misión: la de molestar atrozmente».

En Francia también continúa «la eterna y batallona cuestión». Un periodista parisino tiene la misma idea que Justo Pérez, y pide al público que emita juicio. El resultado es que «el sombrero fenomenal, el extravagante sombrero, el sombrero de plumas y flores monumentales», es «condenado por una enorme mayoría». Aunque un grupo numeroso de mujeres se muestran «partidarias de ese colosal sombrero (armatoste dice el compañero parisién, por una falta de galantería lamentable)».

Tres años más tarde, los gustos dan un giro: «Los adornos más de moda para los peinados de teatro son las plumas formando grandes penachos», que muchas acogen «con gran simpatía, pensando quizá en vengarse, de esa manera, de los que tanto protestaron de los sombreros».

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