Un tanque, un largo túnel sin igual y el campo del histórico gol de Panenka esperan al Celta en Belgrado
GRADA DE RÍO
El conjunto olívico visita por segunda vez uno de los grandes templos del fútbol
29 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.La de esta jornada que cierra la primera fase de la UEFA Europa League será la segunda visita del Celta al conocido como el pequeño Maracaná, uno de los templos del fútbol que acumula historia e historias en sus gradas y sobre el césped, con mucha mística a su alrededor. La anterior comparecencia remite al año 2.000 y quienes repitan encontrarán algún cambio.
El más controvertido está en los aledaños, con la presencia de un tanque T 55 rescatado en una cacharrería y pintado con los colores del club, en una iniciativa que partió de los aficionados ultras de la entidad blanquirroja. No es ninguna maqueta ni una réplica. Es un carro de combate que en su día fue usado en la guerra de los Balcanes. También es una manera de empezar a marcar territorio.
Lo que no cambia es el túnel que deberán recorrer los jugadores para acceder al campo de juego, prácticamente igual desde que se inauguró el estadio, en 1963, indemne a las remodelaciones aplicadas al recinto.
Quienes lo recorrieron alguna vez coinciden en que impresiona más que cualquier pasillo subterráneo de un metro, por debajo de las gradas, decorado con grafitis que hacen referencia al Estrella Roja y a la batalla que les espera a los futbolistas en el campo. Son más de setenta metros y más de medio minuto que se hacen muy largos, por el decorado, porque hasta allí llegan el ruido y las vibraciones de los animosos seguidores, que hacen saber que el partido empieza ya antes del pitido inicial.
Los aficionados españoles al fútbol que frisan o sobrepasan los 60 años probablemente recuerden el partido que jugó allí la selección en 1977, el que certificó la clasificación para el Mundial de Argentina, el del gol de Rubén Cano.
El botellazo de Juanito
Es también el encuentro que pasó la historia por el botellazo de cristal que recibió Juanito en la cabeza, cuando se retiraba a los vestuarios. Al malogrado extremo derecho, siempre pasional, no le impresionó ni el túnel ni el fervor en las gradas. No se le ocurrió mejor idea que bajar el pulgar mientras se retiraba para que entrase un compañero. Y le pudo costar muy caro.
Es también el campo que vio y vivió el celebérrimo gol de Panenka, el que decidió el título para Checoslovaquia en la tanda de penaltis frente a Alemania, en el 1976. En los setenta, el internacional holandés Johan Neeskens tenía una receta que se consideraba casi infalible para los lanzamientos desde los once metros. Sostenía que había que chutar con fuerza, a media altura y por el centro, porque los porteros casi siempre optaban por tirarse a un lado o el otro. Cuando le tocó lanzar el penalti más tempranero de la historia en una final de un Mundial, la de 1974, predicó con el ejemplo. Anotó un fogonazo inapelable con un golpeo seco.
Dos años más tarde, Antonín Panenka cambió la percusión por el viento, le puso poesía a la teoría de Neeskens. Y lo hizo multiplicando la apuesta, con millones de espectadores pendientes de su lanzamiento, con un título en juego. También dio por hecho que el arquero se iría hacia uno de los postes, como fue el caso. Y golpeó con suavidad, como si se congelase el tiempo, por el centro. Una maniobra asombrosa.
Desde el 2014 el estadio se denomina Rajko Mitic, pero la nomenclatura oficial no ha podido con el apelativo popular de siempre, el pequeño Maracaná, que llegó a tener un aforo de más de 100.000 espectadores y que hubo de ir bajando de ese umbral, hasta los 55.000, para adaptarse a las normativas.
Hace tiempo que no se llena. Pero la media en los partidos europeos es de más de 40.000 espectadores, cinco veces superior a la de los encuentros de Liga. El Celta se cita con la historia en Belgrado.