Ya no es el equipo que asume riesgos por norma y ante el Lille demostró que sabe jugar sin el balón, obligado a defenderse para sobrevivir
23 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Hace año y medio el Celta perdió en su visita al Villarreal, 4-3, encajando un gol en el tiempo de descuento. Nunca es fácil delimitar la frontera entre la valentía y la temeridad. Aquel equipo se fue con todo en busca de la victoria, a costa de exponer un valioso empate. Se le escaparon los tres puntos.
Si hoy se repitiese ese partido, muy probablemente no acabaría envuelto en aquella locura porque este Celta ha madurado y se ha vuelto más pragmático. El duelo que libró ante el Lille es una demostración más.
Quizás haya perdido algo de romanticismo, porque no se empeña en sacar el balón siempre jugado desde atrás. Y ahora también es un colectivo que sabe sobrevivir sin la posesión. Llega menos y crea menos peligro, pero ha ganado mucho en fiabilidad.
Frente a los franceses el partido se le puso muy de cara con un gol antes del primer minuto, en un robo de balón. Y se le complicó a la media hora por una insensatez de Hugo Sotelo, cuando parecía tener muy controlado el choque. En superioridad numérica, el Lille empezó a crecer y obligó a los vigueses a recular y acumular gente por detrás de la línea de la pelota. Tocaba defenderse como gato panza arriba, y es lo que hizo el conjunto olívico, con mucho oficio, mucho sacrificio, mucho orden.
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Eso sí, sin renunciar al ataque, aunque fuese con una variante a la que no suele recurrir. Pocas veces se han visto en el Abanca Balaídos tantos envíos largos hacia los puntas, a menudo del portero. Al fin y al cabo el Lille tenía una de sus principales amenazas en la línea de tres que juega por detrás de un Giroud que sigue siendo el delantero de siempre, como un boya de waterpolo, con la caña preparada en todo momento. Aunque no le llegaron muchos balones, dejó su sello. Avisó mediada la segunda mitad, exhibiendo su instinto en un complicado remate al que respondió Radu con eficacia. Y la que tuvo, ya en la recta final, acabó en la red.
En ese ejercicio de pragmatismo que firmó el Celta merece mención especial Miguel Román, que crece cada jornada que pasa y que tras la marcha de Damián y Fran Beltrán ve como se le abre el horizonte para seguir progresando. Ocupó mucho campo, casi siempre bien colocado. Y sus golpeos en los lanzamientos desde la esquina podrían ser ejecutados por un delineante, con el trazo y la dirección precisa hacia el corazón del área. Así llegó el tanto de Starfelt, en una de esas acciones que deberían llevar la autoría compartida, por la parte de culpa que cabe atribuirle al pasador.
El tramo final del partido también ponen de manifiesto el cambio que está operando el Celta esta temporada en el capítulo del aplomo. En sus partidos pasan menos cosas, porque además de buscar sabe esperar y sacar el aguijón. Y no se descompone en las dificultades.
El gol de Giroud alimentó las posibilidades de una remontada del Lille. Quedaban cinco minutos, más seis de añadido, y otros treinta segundos que concedió el árbitro. Se hicieron eternos, pero el colectivo de Giráldez nunca perdió la compostura, tapó huecos con su sacrificio y con el alma, y acabó sumando una victoria con la que visa el pasaporte a la siguiente fase, independientemente de lo que pase en su visita al Estrella Roja.
Fue otra jornada de fiesta en el Abanca Balaídos, que está disfrutando de un ilusionante reencuentro con Europa.