Rubén Domínguez, que también es entrenador de baloncesto, trabaja como psicólogo en el Celta y colabora con el Obradoiro
05 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Rubén Domínguez (Vigo, 1973) desarrolla múltiples roles profesionales, con el deporte casi siempre como eje. Actual psicólogo del Celta Fortuna y As Celtas, colabora con el Obradoiro, es entrenador de baloncesto, docente universitario y formador, a mayores, en las federaciones de ambos deportes. «Me quedo con todas las facetas, cada una te desarrolla en un ámbito. Según avanzas en la vida, tienes conocimientos y experiencias que pueden servir a otros si eres capaz de transmitirlas», plantea.
Comenzó jugando al fútbol, pero aquello no tuvo recorrido. «Empecé un verano yendo a entrenar con diez años», rememora. No pasó de ahí y lo suyo iba a ser el baloncesto. «Estudiaba en los Maristas y teníamos un montón de deportes. Creo que ahí, de pequeñito, yo ya entendía el deporte de una forma diferente», señala. Al ser alto, se fijaron en él para la canasta y enseguida comenzó a ejercer de entrenador.
Tenía trece años cuando un hermano le pidió que al acabar las clases fuera a la sala de deporte del colegio. «Me dijo que faltaba un entrenador y que iba yo a entrenar a unos niños. Respondí que no tenía ni idea y me dijo que hiciera lo que hacían conmigo», relata. La cosa no fue mal: «Nadie se fue y, más o menos, se divirtieron. A partir de ahí, entrené siempre. Supongo que alguien vio algo en mí que yo no había visto», cuenta.
Sigue colaborando con el último club donde entrenó, pero su compromiso con el Celta le impide estar de una manera más estable. Jugó hasta los 23 o 24 años, cuando empezó a centrarse más en los banquillos y en la psicología. «Las dos cosas van de la mano. Entrenas a personas y para sacarles el máximo rendimiento, necesitas hacerlo bien a nivel de cabeza», recalca. Se había dado cuenta de que, sin que él hiciera nada especial, los demás se sentían «cómodas para hablar y contar cosas que igual a otros no se las contarían», algo que pesó a la hora de escoger carrera.
Ha trabajado con empresas, con profesionales de la educación o niños de altas capacidades, «experimentando para aprender». Pero el deporte ha estado muy presente y ve las facetas de psicólogo y técnico como complementarias, considerando que su paso por los banquillos le hace entender mejor a los entrenadores. Comenzó a ejercer en el Celta en el 2013, cuando el club recurrió a Joaquín Dosil en el curso de la salvación del 4 %. «Estudiamos juntos y trabajo desde hace años con él. Desde aquel momento, en el club siempre ha habido psicólogos de su empresa, Libredón».
Tiempo después, en el curso 2015/2016, se hizo cargo del Celta B, pero terminó la temporada «agotado, porque era demasiado y no podía mantener la calidad, iba el físico en ello», confiesa. Hace tres años, sin estar ya entrenando, le propusieron encargarse del Celta C Gran Peña y el paso de Fredi Álvarez al B supuso que él también subiera. «Desde entonces, seguimos en el fútbol. Aparte de trabajar con algún futbolista a nivel individual», concreta. Incluso con entrenadores: «A veces necesitas desahogarte con alguien que te pueda escuchar y ayudar y que no sea alguien del cuerpo técnico a quien al día siguiente, en el entrenamiento, le perjudique saber ciertas cosas», afirma.
Acepta Domínguez que es una especie de confesor. «Cuando me preguntan en casa qué tal el día, me quedo en ‘bien’. Lo que yo hago en mi trabajo nunca se cuenta», apunta. ¿Y qué hace en el día a día del Fortuna? «Lo primero es observar el funcionamiento del equipo en todos los aspectos», introduce. Él da su opinión en su área, se ponen en común las del resto y se toman decisiones. Su labor va desde ayudar al entrenador en sus mensajes al equipo y de cara a reuniones individuales con jugadores hasta estar pendiente de si se cumplen los objetivos del entrenamiento. «Hago registros de un montón de datos del rendimiento que ayuden a tomar decisiones lo más precisas posible».
Como observador de conductas y comportamientos que se considera, se fija en si ve a alguien «un poco más jorobado» e intenta «decirle algo a lo largo del entreno» para mantenerlo y ayudarle. «Estás mucho tiempo con ellos, vas viendo sus necesidades y las trabajas», expone. Tiene cometidos especiales con los lesionados o que juegan poco, para que se sientan parte, o con los que llegan de fuera y tienen que integrarse, para los que existe un programa especial.
También es importante el contacto con los cuerpos técnicos de Juvenil A y primer equipo, al haber jugadores que están a caballo, e incluso con los psicólogos de las selecciones -entre ellos, Rubén Bravo, con pasado celeste también-. Y con As Celtas, con las que está dos días a la semana, cobra especial relevancia «apoyarse en los que sí están todos los días para ir viendo qué necesitan».
En ambos equipos hay charlas colectivas para mejorar dinámicas y hábitos, y en lo individual, no solo se trata de apoyar a quien pueda tener algún problema. Se vale de compañeros para ayudar a un jugador de forma indirecta si cree que el mensaje puede llegar mejor y de esa manera, además, «formas a esos otros deportistas para que aprendan a liderar e influir en sus compañeros de forma natural». Una labor llena de retos y que se basa en atender a múltiples aspectos sin pasar ningún detalle por alto.