Los vigueses no pueden asistir más que atónitos al choque de trenes que en las vías de la ciudad se ha producido entre la alcaldía y el Celta. Abel Caballero tiene los votos y Carlos Mouriño, las acciones. Los dos están legitimados para defender sus posturas, y cuentan con mayorías en la corporación y en la asamblea del club como para sentirse respaldados en sus ámbitos de actuación. Pero la ciudadanía y los aficionados merecen más que el empecinamiento, lo defienda quien lo defienda.
Alcaldes y presidentes del Celta pasan. De hecho de los primeros ha habido 35 en los últimos cien años, y desde que se fundó el Celta, otras 35 personalidades han presidido el club.
El dinero de todos merece que las obras de Balaídos sean consensuadas entre arrendatario y arrendador. Y que la ciudad dé facilidades también a la expansión de uno de sus orgullos, a la comodidad de los aficionados, a la proyección de las bases deportivas y todo lo que se quiera poner alrededor del balón.
Pero no se puede ni favorecer ni negocios de particulares ocultos bajo las banderas y las bufandas, ni tampoco permitir que una persona, aunque sea el alcalde, tenga capacidad de decisión sobre absolutamente todo lo que ocurre en la ciudad.
Vigo merece más. Merece incluso que se rompan sus barreras como cuando se superaron las murallas que constreñían el cogollo urbano. Merece que se piense en articular una metrópolis de verdad donde se consensúe el transporte, el urbanismo, el abastecimiento de agua, la ordenación industrial y hasta la oferta comercial. Vigo merece más que la pugna entre quienes quieren mandar.