Un genio que jugaba con el corazón

Un técnico de Guidetti en su infancia en Kenia recuerda al niño sueco que soñaba con ser futbolista profesional


vigo / la voz

La personalidad del céltico John Guidetti no se entiende sin su paso por Kenia. Allí se forjó como futbolista, pero también fue donde moldeó su manera de ser. Una figura importante en ese tiempo fue Tiras Waiyaki Thuku, uno de los entrenadores que trabajaron con él y que conocieron a un niño que desde edades muy tempranas «tenía claro que quería ser futbolista profesional y exhibía una increíble mentalidad ganadora», según este técnico.

Thuku, trece años mayor que Guidetti, comentaba partidos en Kenia y un día se acercó a la escuela sueca en Nairobi donde trabajaba el padre de John para ofrecerse a enseñar fútbol a los pequeños. Mike Guidetti le trajo a su hijo de once años -fue en el 2003- y quiso que este le mostrara sus habilidades con el balón. A raíz de ahí, le encomendó que fuera entrenador personal del entonces futuro internacional con Suecia y que trabajara con él para cumplir su sueño. «Tuve fe en él y él en mí, conectamos desde el principio. Así comenzó nuestra historia», rememora.

El preparador evoca a un chaval que «tan pronto como amanecía estaba en pie» para entrenar. «A veces era un poco gruñón por las mañanas como cualquier niño, quería buscar una forma más fácil de hacerlo. Pero no le hacía ni caso», recuerda. Era su manera de enseñarle que se iba a tener que esforzar mucho. «Trabajaba muy duro para su edad, estaba ansioso por mejorar. Era perfeccionista y muy competitivo y si perdía nunca estaba satisfecho. Odiaba la derrota, pero valoraba la imparcialidad y aceptaba caer aunque le costara asimilarlo», detalla.

De entrenar únicamente a Guidetti, Thuku pasó a encargarse también de su equipo, el Impala Brommapojkarna. «Los demás eran chicos de su misma edad y aspiraciones, pero procedían de un mundo diferente», admite. Sin embargo, Guidetti siempre fue uno más. O no, pero por otros motivos. «Era la vida y el alma, el payaso del grupo. Se mezclaba con todos, la raza nunca fue un problema. Adoraba al resto y los demás a él. Se sentía como en casa en los barrios marginales, utilizaba las letrinas de pozo, corría descalzo. Por eso aquí, aún a día de hoy, se habla de él como un niño de África, uno más, pero a la vez único».

Plenamente integrado, su crecimiento no cesaba. «Jugaba contra muchachos más grandes y fuertes. Evolucionaba rápido. Actuaba como delantero o extremo derecho y veía en Beckham a su ídolo. ¡Se dejó el pelo largo cuando él lo hizo!», cuenta. Ya era «un líder nato, una persona franca, decía a sus compañeros lo que pensaba o si algo no le gustaba y explicaba por qué. No tenía miedo y el resto lo apreciaba».

Otro rasgo muy marcado era su afán de superación. De ahí que a Thuku le quedara grabado un episodio que marcó a Guidetti. «Falló una pena máxima que no ejecutó bien y el equipo perdió una final. Fue doloroso, pero lo transformó en aprendizaje. A la semana siguiente quería ensayar penaltis una y otra vez». 

«Sabía que llegaría lejos»

A Guidetti niño «le gustaba imaginar que era una estrella, que una multitud coreaba su nombre y la presión recaía sobre él». Thuku siempre creyó que aquella fantasía se realizaría. «Era un genio intrépido que jugaba con el corazón. Sabía que llegaría lejos como futbolista y como técnico. Otros con su talento en Europa ya estaban a esas alturas en las mejores escuelas, pero hay historias de éxito con un inicio parecido y algo me decía que ocurriría».

El propio Guidetti se empeñó que fuera el caso de Ayub Masike, hoy también futbolista profesional y compañero suyo en Kenia. «Cuando los Guidetti se marcharon del país, John lloró y lloró diciendo a su padre que no le podían dejar ahí. Sabía que su talento se perdería y le hizo prometer que haría todo lo posible para llevarle a Europa. Y lo hizo». Como cuando Guidetti y Tiras se prometieron el uno al otro que trabajarían para que el céltico llegara a ser profesional. Todos cumplieron.

Ahora Thuku sigue a Guidetti con orgullo. «El tiempo pasa y es padre de familia, pero aún veo en él aquel niño que amaba patear una pelota. Sé que en Vigo le quieren como a una estrella y me alegro de ser parte de su cuento de hadas».

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