«O Gato», el señor de los derbis

Lorena García Calvo
lorena garcía calvo VIGO / LA VOZ

GRADA DE RÍO

En su estreno en un clásico en A Coruña, realizó paradas clave para el Celta

23 feb 2015 . Actualizado a las 15:35 h.

Sergio Álvarez, el Gato de Catoira, es uno de esos jugadores que jamás pierde la sonrisa. En los malos momentos conserva la calma, y en los buenos mide la euforia. El sábado, en Riazor, vivió uno de esos partidos con los que sueña cualquier chaval forjado en la cantera celeste, pero al portero del Celta no se le nubló la mente. Sobre el césped hizo su trabajo a un nivel espectacular echando mano de sangre fría y reflejos, y fuera de él celebró el triunfo sin caer en un triunfalismo que pueda resultar perjudicial a la larga, a pesar de que acababa de vivir sus primeros 90 minutos sobre Riazor en la élite.

«Esta vitoria sabe a tres puntos, sabe a que o equipo segue subindo para arriba e sabe a felicidade. Gañar un derbi sempre é complicado e unha emoción especial», comentaba el portero del Celta poco antes de subir al autobús que les llevaría de regreso a Vigo. Atrás dejaba un partido en el que se había reivindicado. En la primera mitad, con el Deportivo más entonado, el meta de Catoira supo responder a las oportunidades que generó el equipo de Víctor Fernández. Frenó una ocasión de Lucas Pérez a los cuatro minutos, y así se fue entonando para las intervenciones más exigentes.

CESAR QUIAN

Sobre el césped no hay conocidos, y Sergio y su amigo Oriol Riera se midieron más de una vez. Fue el exjugador de Osasuna el que le puso a prueba con un tiro raso que el portero del Celta salvó con una estirada enviando el balón a saque de esquina. Esa fue una de sus intervenciones clave, si bien la más complicada llegó con el segundo tiempo bien avanzado. En una doble oportunidad herculina, primero el portero tuvo que detener un remate de Lucas Pérez que se había dado media vuelta en la frontal del área para poder disparar, y que tras salvar Sergio, cayó en otro jugador deportivista. Sin margen para recuperarse del pirmer disparo, Hélder Costa disparó a la portería, con Sergio interviniendo de nuevo para frenar el que parecía un gol cantado. El balón no murió tampoco en esa acción, y acabó en los pies de Oriol Riera, que dentro del área acabó estrellando el esférico contra el larguero.

Por séptima vez en lo que va de Liga, y segunda consecutiva, el Celta dejaba su portería a ceros, y Sergio Álvarez se marchaba para casa con la plena satisfacción del deber cumplido, tanto en el plano individual, como en el grupal. «Creo que o equipo soubo controlar o partido nos diferentes momentos. Cando eles comezaron con moita intensidade, nós soubemos controlala e paralos, e na segunda parte saímos moi enchufados e a primeira que tivemos foi para dentro. A partir de aí o equipo soubo contorlar o partido. Estivemos moi sólidos». Una solidez que a ojos del guardameta de Catoira permitió al Celta hacerse con el encuentro.

Una entrada difícil

La calma que Sergio Álvarez transmite bajo los palos se extiende más allá del campo de fútbol. Por eso el meta no dudó en restar importancia a la atropellada llegada del Celta al estadio de Riazor. Por segunda vez, al guardameta de Catoira le tocó estar sentado junto a la luna que estallaron con el lanzamiento de botellas. «Sempre me toca a min. Da outra vez tamén romperan a miña. Son circunstancias que é mellor esquecer», señalaba. Tiene muy claro que ese incidente no empañó un derbi de guante blanco. «Non hai que darlle máis importancia. A pesar de que había moitos aficionados, seguro que foron catro que estaban por aí. Hai que resaltar a deportividade que houbo durante todo o encontro», subrayó el portero, al que los incidentes previos no le restaron ni concentración ni tranquilidad.

En su estreno en Riazor, Sergio fue a lo suyo, a hacer paradas en un partido que quiso «adicarllo aos seareiros que estiveron con nós na bancada e fixeron esta viaxe longa», y que no olvidará facilmente. «O máis especial foi a vitoria e como desfrutou a xente», aunque el momento de acercarse a la grada celeste, ya con Riazor vacío, quedará para siempre en su memoria.