vigo / la voz

Jamás las lágrimas habían sido tan dulces como las que ayer regaron Balaídos. Esas que derramó cada jugador del Celta, cada miembro del cuerpo técnico, y cada aficionado. Cada uno de esos seguidores que han obrado el milagro de la salvación. Un milagro que se antojó imposible en dos ocasiones y que solo la fe ciega de los celtistas y los propios futbolistas convirtió en realidad. Porque si el Celta está en Primera, es gracias a que fue capaz de creer en su sueño, transformar esa creencia en ilusión, y esa ilusión en permanencia. Con sufrimiento, pero eso, hoy, ya es agua pasada. Hoy solo queda la alegría de verse en Primera después de comprobar cómo cada ficha del puzle definitivo encajaba a la perfección.

Los protagonistas

Los héroes de Valladolid

La segunda resurrección del Celta, la que cimentó el milagro definitivo, se produjo en Pucela hace una semana gracias a la garra que once futbolistas -doce incluido el lesionado Varas- pusieron desde el primer minuto en Zorrilla. Lo sabía Abel Resino, y a ello se encomendó ayer. Porque en un partido como el de anoche, pesa más la lucha y la intensidad que la calidad misma. El esquema de Valladolid resultó exitoso, así que ayer Bellvís y Cabral se ganaron de nuevo un hueco en el once. Y, como el resto de sus compañeros, se dejaron la vida en ello.

Los secundarios de lujo

Cuando el banquillo importa

Gregarios de lujo es lo que el Celta tiene en el vestuario. Esos, como Natxo Insa, que se han ganado a pulso la titularidad cuando parecía que no tenían sitio. El mediocentro fue ayer el autor de un gol para el recuerdo. Uno de esos que quedan para la historia, en la mente de cada celtista.

Cuestión de intensidad

Salida en tromba

Al Celta se le iba la vida en la victoria de ayer, y se notó. Desde el minuto uno salió a morder a un rival expectante que solo empezó a carburar cuando los celestes se lo permitieron. Porque ayer el Celta tenía dos enemigos a batir, el Espanyol, y la presión. Y si lidiar con uno es difícil, hacerlo con dos es realmente complicado. Los célticos ataron los nervios hasta que los ecos del gol de la Real Sociedad llegaron a Balaídos. Ahí se encontraron con el vértigo de la salvación, rebajando un punto la intensidad y permitiendo al rival comer metros y poner a prueba a Rubén. Tocaba lidiar con la incertidumbre.

La tensión

Controlar el partido

Al Celta no se le da bien conservar. No sabe. Lo ha demostrado a lo largo de toda la temporada, pero ayer, cuando más lo necesitó, lo hizo. A pesar de tener que convivir con la incertidumbre de que cualquier jugada aislada diese al traste con la temporada, los célticos consiguieron manejar los tiempos del partido, y buscaron un segundo gol que se resistió. La defensa, que tan malos momentos ha pasado esta Liga a balón parado, controló las pulsaciones y no se permitió el lujo de cometer ni un solo error. Roberto Lago se despidió a lo grande del Celta dejándose la piel en cada balón, ni Cabral ni Túñez permitieron que Sergio García amenazase más de lo debido al niño Rubén, y Bellvís se reivindicó en una banda que ni tan siquiera es la suya. Se vaciaron los mediocentros. Pusieron lucha los interiores, y Aspas intentó brindar a la parroquia céltica un gol que tenía en sus botas, pero que no llegó. Habría sido la guinda a lo que suena a un adiós.

La suerte de Abel

La segunda resurrección

La de ayer era una historia nueva para muchos celtistas, pero no para el responsable del banquillo. Cuando parecía imposible que Abel cumpliese con su objetivo, exhibió un halo de fortuna que ya lució en Granada, y festejó una permanencia casi inaudita.

El duro camino

Los otros protagonistas

La permanencia es la recompensa a la fe de una afición y de un equipo que ha sufrido demasiado esta temporada. Porque el éxito de ayer es el de Javi Varas, el de Mario Bermejo o el de Hugo Mallo. Las lágrimas, con lágrimas se secan.

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Las lágrimas más dulces