La doble vida de Whitney Houston

Antes de ganar seis Grammys y de entrar en el Libro Guinness de los Records por sus ventas, la cantante era ya una estrella local


nueva york / corresponsal

Antes de ser una diva. Antes de ganar seis Grammys y de entrar en el Libro Guinness de los Records por sus ventas, Whitney Houston era ya una estrella local en la Iglesia Bautista de la Nueva Esperanza. En esa misma parroquia, en la que ayer fue enterrada ante un reducido grupo de 150 personas, la artista aprendió a cantar con tan solo 11 años y supo que estaba destinada para la gloria nada más cumplir los 14. Al entierro acudió su exmarido, Bobby Brown, pero le denegaron la entrada.

La Iglesia Bautista de la Nueva Esperanza es un edificio sencillo de ladrillo rojo situado en la parte baja de Newark, en Nueva Jersey. En calles adyacentes al templo montones de basura se esparcen por la acera sin que nadie se moleste en recogerlos. Unos bloques más abajo, la prestigiosa Universidad de Rutgers da lugar a un escenario de calles limpias y estudiantes blancos sin problemas.

También como la iglesia donde dio sus primeros conciertos, la vida de Whitney Houston se movió durante su juventud entre dos realidades paralelas. Entre semana, era la hija de una familia de clase media que vivía en un dúplex con valla blanca e iba a colegios privados. Pero cuando llegaban los domingos, Whitney se convertía en una más del coro del barrio de Essex, una zona marginal. Cuentan quienes la conocieron que durante toda su vida la cantante siempre se sintió más cercana a la niña de la calle de los fines de semana que a la adolescente edulcorada que vendía en sus discos. Dicen que le gustaba imitar a los blancos en privado, que no soportaba tener que fingir, y que adoraba poder comportarse con naturalidad, como el día que en los Grammys se le escapó un taco.

«Madonna puede hablar así, pero tú no», le espetó entonces Clive Davis, su descubridor y representante hasta el final de sus días. Ella le escuchó hasta que cumplió los 31 y a partir de ahí ya no hizo caso a nadie. La mujer que había vendido 200 millones de discos, la diva que enamoró al país en la Super Bowl, quiso que todos los días fueran domingo y acabó casándose con el rapero Bobby Brown y consumiendo crac. «Quizá lo que ha pasado no es una mala cosa a fin de cuentas, porque nuestros jóvenes pueden mirar su vida y decirse a sí mismos: yo no quiero acabar como Whitney Houston», dice Donzella Prize, que se acerca a presentar sus respetos a la iglesia. Con una cabellera plateada y la sonrisa perenne, Donzella representa el perfecto estereotipo de la mujer afroamericana del que Whitney huía. Correcta, digna y sacrificada, en 1985 un accidente la postró en la cama durante meses y solo la música de Houston consiguió hacerla andar. A su lado, un grupo de adolescentes se acercan a dejar unas notas. Una de ellas es Tila Holt, una guapísima morena que se dedica a cantar a los periodistas que le piden gorgoritos.

«Creciendo en este barrio y siendo una niña afroamericana crecí teniendo a alguien a quien admirar», explica Holt, que pudo cumplir su sueño y es ahora cantante profesional en Italia.

Pero escapar a las estadísticas no es una tarea fácil en Newark. Según el censo de esta ciudad, al menos un 70 % de los niños que nacen aquí lo hacen en hogares de madres solteras, mientras que un 29 % de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. Tampoco Houston pudo huir de quien era, a pesar de su fortuna.

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