El paso de Rodrigo Cortés por Sundance en enero fue triunfal. Colas para las proyecciones de su filme, guerra de pujas por adquirir sus derechos de exhibición en Estados Unidos y una larga ovación de público y crítica. A este lado del Atlántico hubo alguna sorpresa ante tanto éxito e incluso algún diario nacional llegó a titular su crónica «¿Quién es Rodrigo Cortés?».
Para responder a esa pregunta hay que remontarse hasta finales de los años 70 y un nombre clásico en la historia del cine: John Ford. Para Cortés, el deseo de hacer cine se halla entre sus primeros recuerdos. De niño veía películas del Oeste con su padre, a quien preguntaba por la persona que había hecho el filme. Al escuchar la respuesta, siempre repetía: «Yo también quiero hacer esas películas. De mayor quiero ser como John Ford».
La primera oportunidad le llegó con 16 años, cuando su madre le produjo un corto rodado con la cámara de súper-8 de la familia. Cualquier otro se habría contentado con pedirle una cantidad de dinero, como una asignación ampliada. Cortés, no. Confeccionó un dosier que incluía un desglose del presupuesto, fotografías de las localizaciones y, cómo no, el guión. De aquel homenaje a Hitchcock y Buster Keaton, El descomedido y espantoso caso del victimario de Salamanca, el cineasta conservó el nombre de su productora, Victimario Films, y la obsesión por controlar todo el proceso creativo de sus obras. En 15 días, por ejemplo, dirige su guión, actúa, monta, elige la fotografía y compone la música, aunque todo se resume en los créditos en un «escrito y dirigido por».
Aplomo y confianza
Además de su talento natural para la narración cinematográfica, modelado en horas interminables de lectura, visionado de toda clase de cine y práctica, la mejor baza de Cortés es su aplomo y su confianza en sí mismo, que le han valido para vencer las adversidades, desde suplir en tiempo récord el plantón de una financiación prometida gracias a vales expedidos a amigos a organizar turnos para montar durante 24 horas una película a tiempo para su estreno.
Cortés ya no vive frente al teatro Bretón de Salamanca ?cerrado desde hace unos años?, pero con él viajan los referentes que cultivó en el salón que hacía las veces de dormitorio: el piano de pared, Mozart, Keith Jarrett, Bob Dylan, Fantasía y Casino, las noches en vela para ver los Oscar y los versos de Rosalía. Allí arrancó una carrera espectacular ?Variety lo ha incluido entre los 10 directores imprescindibles del 2010? que tiene por delante muchos años para dar lo mejor de sí.