Cuéntame un cuento

Beatriz Manjón

GENTE

Érase una vez una reina de horquillas y tinte hecho en casa, una reina de la belleza reconvertida en baronesa con pincelada fina, una reina sin arte, pero con cuadros, retratada al óleo y, sobre todo, en papel cuché. Érase una vez un príncipe de gimnasio, con pañuelo de pirata por corona, que se prendó de una cenicienta con carroza, mejor dicho, con carrocería de silicona y falda-cinturón de ca? de calidad. Ella le prometió, a cambio de una boda con secreto de sumario en el Hola, tatuarle a besos el resto de su vida, y claro, con tanto besuqueo, el príncipe se convirtió, a ojos de su madre, en sapo. Y fue así como la cenicienta de escote pronunciado tuvo su boda a todo color en la biblia del corazón y la reina tuvo que conformarse con salir en Semana poniendo verde, verde rana claro, al hijo y a la nuera. Pasó el tiempo y la pareja tuvo un retoño, de nombre Sacha y de apellido Exclusiva, y la reina, tan concienciada con los árboles como con la infancia, decidió olvidar lo malo, que también es tener memoria. Con acierto pensó que, si no había podido ser la novia en la boda, sí podría ser la reina en el bautizo. Y fue así como Tita Cervera recuperó su trono y posó en su palacio de Lugano para la portada del Hola, con Blanca Cuesta a su diestra y Borja a su siniestra, aunque probablemente ella los hubiera colocado al revés. Pero ese es otro cuento.

Para cuento el que le ha echado Kiko Rivera a la vida. No cabe duda de que este es su año: por cada cabello que se le cae, se cepilla una conquista, vamos, que no tiene un pelo de tonto. Lo mismo se engomina la frente y cumple horario en una asesoría, como se nos va de discotecas donde es el rey no del pollo frito, sino del pollo a la Pantoja. Y es que como Paquirrín no pudo con ese enemigo del comedimiento que es la farándula, Kiko ha decidido unirse a él y probar suerte como actor, que para algo lleva años siendo protagonista sin caché en el culebrón de su madre. Ahora posa rodeado de churris, en pijama y a lo loco, para anunciar una marca de muebles, pero no a lo Lorenzo Lamas, aquel rey de la cama y de la mala uva, sino a su manera, con la sonrisa del que no tiene nada que perder, simplemente porque en su vida ha ganado nada.